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Vida Sacerdotal - Noticias de 2004

La crisis de los abusos sexuales atribuidos a sacerdotes muestra la necesidad de programas de formación humana y espiritual para presbíteros y seminaristas en particular sobre el tema de la sexualidad, afirma un experto psiquiatra.

El doctor Rick Fitzgibbons, uno de los principales redactores de la declaración de la Catholic Medical Association sobre «Homosexualidad y Esperanza», ha expresado este punto de vista tras los descubrimientos del reciente estudio del Colegio John Jay de Justicia Criminal comisionado y hecho público por la Conferencia Episcopal de Estados Unidos.

Juan Pablo II pidió este jueves a un grupo de obispos de Estados Unidos esforzarse por ofrecer «una adecuada formación en la castidad y el celibato».

El doctor Fitzgibbons comparte sus puntos de vista en esta entrevista concedida a Zenit.

-El informe del Colegio John Jay de Justicia Criminal establece que entre el 80% y el 90% de los sacerdotes que han abusado sexualmente de niños en los últimos 52 años en Estados Unidos se ha relacionado con chicos adolescentes -efebofilia- no con chicos prepubescentes -pedofilia-. ¿Qué conclusiones se pueden sacar de estas conclusiones?

-Fitzgibbons: El informe John Jay ha revelado claramente que la crisis en la Iglesia no es de pedofilia, sino de homosexualidad. Las principales víctimas no han sido niños, sino varones adolescentes.

El tratamiento de los conflictos emocionales, que lleva a hombres adultos a desarrollar comportamientos homosexuales con varones adolescentes, puede ser eficaz puesto que hay un componente espiritual en el proceso de cura, como en el tratamiento de desórdenes de abusos sustanciales.

La soledad y la falta de confianza masculina desde la época adolescente de la vida que llevan a la atracción por el mismo sexo a varones adolescentes puede resolverse sin más comportamientos homosexuales activos en persona fuertemente motivadas. Por lo tanto, mi opinión profesional -y también la de muchos otros profesionales de la salud mental- es que se debe dar consideración a re-evaluación de la política del Dallas Charte de «un error y está fuera».

-¿La Iglesia en Estados Unidos ha afrontado de forma adecuada las causas de raíz del problema de abuso sexual?

-Fitzgibbons: Antes de la publicación del informe John Jay no había sido claramente identificada la raíz fundamental del problema.

Podemos estar agradecidos a que este malentendido se haya corregido. Gracias a Dios, esta clarificación sobre la homosexualidad, como el problema básico que ha causado la crisis, dará lugar a que se den nuevos pasos para proteger a la Iglesia, al clero y a los adolescentes y niños.

-¿Qué programas es necesario que desarrollen los sacerdotes, religiosos y seminarios para responder a los hallazgos del estudio John Jay?

-Fitzgibbons: La necesidad más apremiante no está en los programas para niños de escuela elemental sino en los programas de formación humana y espiritual de sacerdotes y seminaristas sobre el tema de la crisis en la Iglesia, el sacerdocio y la sexualidad.

Tales conferencias podrían presentar las causas de la atracción por el mismo sexo, en especial la soledad y la falta de confianza masculina, y las formas en que pueden resolverse estas atracciones con la ayuda del Señor.

La castidad debería presentarse como una forma sana de vida. El libro del padre John Harvey, «The Truth About Homosexuality» («La verdad sobre la homosexualidad»), podía ser un excelente recurso, así como la declaración de la Catholic Medical Association, «Homosexuality and Hope» (Homosexualidad y Esperanza). También, se deberían discutir temas relacionados con las prácticas heterosexuales.

Además, los sacerdotes se beneficiarían de programas pastorales en curso sobre las enseñanzas completas de la Iglesia sobre la moral sexual para presentar esta verdad a las parroquias, institutos y universidades católicas. El sacerdote que enseña esta verdad es más probable que la viva.

También, puesto que el estudio John Jay informa de una incidencia creciente del comportamiento homosexual en los sacerdotes en las últimas tres décadas, estos sacerdotes con atracción por el mismo sexo tienen la grave responsabilidad de proteger a la Iglesia, a sus hijos y al sacerdocio para que no se dé más vergüenza y dolor tratando su enfermedad emocional. Lo mismo se aplica a los sacerdotes que se ven fuertemente tentados por la heterosexualidad.

Los seminaristas se beneficiarían de programas de formación sobre el crecimiento en la madurez afectiva que tocaran conflictos emocionales que llevan a las tentaciones homosexuales y heterosexuales. Los seminaristas deben aprender la verdad sobre la homosexualidad, específicamente que no tiene causas genéticas y que es prevenible y tratable.

Los seminaristas con atracción por el mismo sexo deben trabajar por afrontar y resolver sus conflictos emocionales en psicoterapia y con un director espiritual. No deberían ordenarse hasta que estos conflictos hayan sido curados y dejen de identificarse a sí mismos como homosexuales.

-Teniendo en cuenta el informe John Jay, ¿qué recomendaciones haría usted a los sacerdotes que han estado implicados en comportamientos homosexuales o heterosexuales con adultos?

-Fitzgibbons: Los hombres casados que no han sido sexualmente fieles a sus esposas -con frecuencia como resultado de factores que incluyen la debilidad humana, el conflicto marital, el excesivo estrés laboral, la soledad y la falta de confianza- raramente se les pide que abandonen a sus esposas y hogares.

De igual manera también, a los sacerdotes que han pecado sexualmente con adultos no se les debe privar necesariamente de su ministerio sacerdotal. Se debe más bien buscar la cura emocional y la dirección espiritual que pueden dar lugar a una fidelidad duradera al don dado por Dios.

-¿Qué importancia tiene la selección de candidatos para el seminario?

-Fitzgibbons: La evaluación apropiada de los candidatos al sacerdocio puede proteger a la Iglesia y a sus hijos. Se habría podido prevenir mucho sufrimiento de haberse hecho en el pasado una selección apropiada de los candidatos al seminario y a la vida religiosa.

La apropiada evaluación psicológica de los candidatos al sacerdocio sacará a la luz los problemas más corrientes y potenciales que pondrían a la persona en riesgo de prácticas sexuales.

Los protocolos deberían desarrollarse de forma que permitan a aquellos profesionales que seleccionan a los candidatos al sacerdocio identificar a los individuos con graves problemas, para recomendar terapia a aquellos que tengan problemas corregibles y aceptar a aquellos que puedan vivir el celibato casto y no plantear una amenaza para los demás.

No es suficiente preguntar a un candidato si es heterosexual u homosexual, o si está sexualmente interesado en adolescentes o niños.

Dos recientes estudios diferentes han demostrado que las respuestas a unas pocas preguntas sobre las experiencias de niñez y adolescencia, que están relacionadas con el desarrollo de una identidad masculina positiva, incluidas dentro de un cuestionario más grande, han permitido al entrevistador clínico concluir, con un 90% de exactitud, si el sujeto sufre de atracción homosexual.

Cuando la evaluación revela una probable atracción por el mismo sexo, no se excluye automáticamente la consideración del candidato. Si está dispuesto a llevar a cabo el duro trabajo requerido para superar su enfermedad emocional de inseguridad masculina, tristeza y angustia, su atracción por el mismo sexo podría resolverse.

Al dejar de identificarse a sí mismo como homosexual, podría readmitirse. La Iglesia no debería correr el riego moral de permitir a alguien que se identifica a sí mismo como homosexual que entrara en el seminario.

Es esencial también que los profesionales de la salud mental implicados de alguna manera en la evaluación de los candidatos al seminario o que traten a seminaristas o sacerdotes, así como las facultades de los seminarios, apoyen la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad, en especial sobre la homosexualidad.

Según nuestra experiencia, hay algunas diócesis y comunidades religiosas que confían en el trabajo de profesionales de la salud mental que discrepan activamente de la moralidad sexual de la Iglesia. Dada la naturaleza especializada de la evaluación de candidatos a los seminarios, recomendamos que se requiera a los psicólogos y psiquiatras implicados en esta importante labor que participen en los programas educativos en curso dados por personas leales a la enseñanza de la Iglesia sobre moralidad sexual.

-Así pues, ¿se requiere que quienes tienen atracción por el mismo sexo sigan alguna clase de terapia o asesoramiento y sólo tras su adecuado cumplimiento se les permita entrar?

-Fitzgibbons: Sí.

-¿Qué clase de garantías se puede dar en estos casos? ¿Un periodo de tiempo viviendo castamente? ¿Superar la atracción en sí misma?

-Fitzgibbons: Cinco años de vida casta es la recomendación del padre John Harvey.

-¿Qué clase de programas es necesario desarrollar para ayudar a los adolescentes, como resultado de la crisis de abusos sexuales?

-Fitzgibbons: Puesto que las principales víctimas de la crisis han sido varones adolescentes, no niños, la Iglesia debería considerar el desarrollo de un programa específico para varones de séptimo a duodécimo grado.

El primer principio de tal programa debería ser no hacer daño; es decir, debe proteger el bienestar emocional, psicológico y espiritual de los adolescentes. Esta conferencia debería también presentar la enseñanza de la Iglesia sobre el amor humano y la sexualidad. Desafortunadamente, muchos programa en uso hoy en día fallan a la hora de tratar tales temas.

El desarrollo de un programa educacional para adolescentes debe implicar a sus padres como primeros educadores de sus hijos. A este respecto son importantes materiales para adolescentes y sus padres la declaración del Vaticano: «Sexualidad Humana: Verdad y Significado», y artículos sobre la teología del cuerpo de Juan Pablo II, para adolescentes.

También, no debería haber miedo de presentar el problema subyacente a la crisis, es decir, la homosexualidad. El nuevo folleto de la Catholic Medical Association, «Homosexuality and Hope» («Homosexualidad y esperanza»), que presenta la verdad sobre la posibilidad de cura, podría ser de gran valor.

-¿Cree usted que es necesario desarrollar programas para los niños en respuesta a los descubrimientos del informe John Jay?

-Fitzgibbons: Estoy muy preocupado por este tema. Puesto que el 80% de las víctimas de abusos del clero han sido varones adolescentes, no queda claro que en este momento sean necesarios los programas para niños.

Además, una preocupación seria de muchos padres y profesionales católicos de salud mental es que los programas actualmente en uso o propuestos para niños sobre este tema fallan a la hora de proteger la inocencia y la salud emocional de los niños, además de ignorar y discrepar de las enseñanzas de la Iglesia sobre amor humano y sexualidad.

Otras debilidades serias en estos programas son la imposición de información sexual prematura a niños que puede dañarlos psicológicamente y robarles su inocencia; enseñan en público materias íntimas que pertenecen a la familia; usurpan la implicación y supervisión del programa por parte de los padres; y fallan al tratar la causa de raíz de la crisis, homosexualidad.

Mi opinión profesional es que sólo hasta que se desarrollen plenamente los programas para sacerdotes, seminaristas y adolescentes y estén operativos por algún tiempo, deberían considerarse los programas para niños debido a los muchos riesgos de asociar a los niños con la educación sobre abusos sexuales.

Entretanto, sería provechosa la distribución y formación de grupos de estudio para padres católicos en todas las diócesis sobre el documento vaticano: «Sexualidad humana: verdad y significado».

-¿Teniendo en cuenta el informe John Jay, qué cree usted que puede hacer el laicado católico?

-Fitzgibbons: El laicado debe pedir a los sacerdotes que prediquen la castidad y la plenitud de la verdad de la Iglesia sobre la moralidad sexual. También, podemos educar y comunicar a nuestros hijos la belleza del plan de Dios para el amor humano y la sexualidad.

Podemos estar agradecidos a la gran mayoría de los sacerdotes que son fieles y leales a la Iglesia. Debemos pedir por la purificación de la Iglesia, el episcopado, el sacerdocio y los matrimonios. Podemos apoyar, animar y rezar por nuestros sacerdotes y podemos confiar en la promesa del Señor en Jeremías 3, 15: «Os daré pastores según mi corazón».

Fuente: Agencia Zenit, servicio de 7 de mayo de 2004

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