Vida Sacerdotal - Información para sacerdotes

Qué triste es la Misa del sacerdote soloLa Semana Santa que estamos viviendo este año, tan distinta a las demás, si la vivimos bien, nos ayudará más que ninguna otra. Es cierto que van a faltar las prácticas piadosas a las que estamos habituados: oficios litúrgicos, viacrucis por las calles el viernes, procesiones… Dios quiera que regresemos a la normalidad pronto, pero mientras que llegue ese día estamos aprendiendo a distinguir lo esencial de nuestra fe de lo que es secundario.

Muchos están siguiendo la Misa por internet, y bastantes sacerdotes intentan suplir, con gran mérito y mucha creatividad, la dificultad de la gente para ir a la iglesia con predicaciones y prácticas piadosas virtuales. Pero la mayoría de las Misas no tienen público. Los sacerdotes se ven muy solos. Y además de ellos hay tantos que celebran la Misa en la intimidad de sus iglesias o capillas, sin transmitir por internet, solos delante de Dios. Qué triste saber que el Jueves Santo tantos sacerdotes celebran la Misa vespertina solos.

Los curas italianos pagan un alto precio por confortar a las víctimas del coronavirus: 96 fallecidosConmovió en Italia la imagen del sacerdote Cirillo Longo, de 95 ;años, que murió en un hospital de Bérgamo por el coronavirus, con un rosario, poco después de dar ánimos a los sanitarios que le atendían, diciéndoles con brazos en alto y manos cerradas como en señal de triunfo: «No tengan miedo porque estamos todos en manos de Dios; nos vemos en el Paraíso; recen el Santo Rosario». Se ha hecho viral la fotografía de don Cirillo, fundador del centro Don Orione en Redona (Bérgamo), conocido por su espíritu combativo y enérgico, temperamento que ha mantenido hasta los últimos momentos de su vida.

Se ha convertido en uno de los símbolos del frente religioso que también ha combatido en primera línea sufriendo la tragedia del coronavirus: 96 sacerdotes y docenas de monjas han muerto durante la pandemia en Italia, donde los infectados son 128.948 y los fallecidos 15.887, hasta en la tarde del domingo. Terrible ha sido la tragedia entre el personal sanitario: Han perdido la vida 87 médicos. Pero las muertes de los miembros del clero han pasado más desapercibidas.

Capellán en un centro de cuidados paliativos en tiempos de pandemiadon José le gustaba mucho cantar. Amenizó las «mañanitas» de muchos enfermos que recibían cuidados paliativos en el Hospital de Cuidados Laguna de Madrid. Una vez apareció vestido de mariachi con el hijo cantante de una mujer que estaba interna. Ella falleció y don José Ruiz, el capellán de este centro de enfermos terminales, adoptó al muchacho como si fuera un amigo de toda la vida. Cada Navidad le invitaba al centro para tocar el corazón, a dos voces, de cada residente, con sus canciones.

Algo así le ocurrió con su querido amigo Fermín, fallecido hace dos semanas por coronavirus. Don José va a ser nuestro Giuseppe Berardelli español. El sacerdote de Casnigo, en la diócesis italiana de Bérgamo, murió hace unos días a sus 72 años por ceder su respirador a un joven. El cura italiano murió de coronavirus, el joven se salvó. Pero en el caso de José, su amigo no logró vencer la embestida del virus.

Misericordia, pecado, muerte. Capellanes de hospitales de emergencia en epidemia.Las escenas que contemplamos estos días nos invitan a meternos en ellas, con toda el alma, y con todo el corazón, y a la vez que acompañamos a quienes sufren la muerte de seres queridos, y nos animan a dejar a un lado la banalidad, la superficialidad con que a veces podemos pararnos ante la realidad de nuestro vivir, de nuestro morir.

La atención sacerdotal en los grandes y pequeños hospitales está siendo una manifestación de Fe, de Esperanza y Caridad, una verdadera ayuda del Cielo para personas que no pueden estar acompañadas por sus seres queridos en los momentos finales de su vida en la tierra, y les llevan su compañía y la de Cristo. Y algunos y algunas hasta descubren la realidad del Espíritu Santo.

Pensar y vivir la Eucaristía como miembros de la IglesiaLas sucesivas disposiciones que se están adoptando desde la Conferencia Episcopal y las Diócesis españolas, en sintonía con las autoridades sanitarias, están generando todo tipo de reacciones dentro de la comunidad eclesial. La Diócesis de Getafe, yendo más allá de lo dispuesto de forma general por el Gobierno de la Nación, ha decretado el cierre temporal de lugares de culto, templos parroquiales, iglesias y capillas. Muchos sacerdotes, religiosos y fieles laicos, sobre todo de las zonas de la diócesis más afectadas por la pandemia, han reaccionado con alivio y agradecimiento. Otros, viendo el problema desde una relativa distancia, han reaccionado manifestando su profundo desacuerdo. Quienes han reaccionado así argumentan invocando el ejemplo de otras diócesis donde las disposiciones adoptadas, respetando las medidas del Estado de alerta, quieren garantizar ante todo las celebraciones de la Eucaristía y los templos abiertos.

No es necesario detenerse mucho para advertir la confusión que genera este tipo de reacciones entre los que nos miran desde dentro y desde fuera de la Iglesia. Es evidente que las medidas que se están adoptando en cada diócesis dependen de la percepción que se tiene en cada lugar del problema. No deberíamos olvidar que en la Diócesis de Getafe se encuentra uno de los municipios (Valdemoro) donde el contagio se está produciendo con más agresividad. Si atendemos a lo que ya ha sucedido en Italia, no es difícil adivinar que, en virtud de la fuerza de los hechos, todas las diócesis acabarán asumiendo las medidas extraordinarias más exigentes, como las adoptadas por nuestra diócesis de Getafe. ¿Significará esto que habremos reaccionado con la actitud mediocre de quien aprecia más la salud corporal que el bien espiritual del pueblo fiel?

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