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Vida Sacerdotal - Noticias de 2005

El canónigo Edward Norman ha escrito un feroz ataque contra la Iglesia de Inglaterra y se va a convertir al catolicismo. Damian Thompson se encuentra con él.

"Mi nuevo libro no es realmente una crítica de la Iglesia de Inglaterra," dice el canónigo Edward Norman, canciller de la Catedral de York, eligiendo sus palabras con la precisión del erudito.

¿Es serio? Dos minutos más tarde, declara: "en el centro del anglicanismo hay un gran agujero: su autoridad. Pienso que no es una Iglesia; es poco más que una sociedad religiosa." Esta es la crítica más hiriente que se puede hacer de cualquier Iglesia: decir que no es una Iglesia. De hecho, su libro Dificultades del anglicanismo: Un nuevo syllabus de errores, es uno de los asaltos más feroces lanzados nunca a la Iglesia de Inglaterra. Es más lacerante porque su autor no es un comerciante de citas tradicionalista, sino un importante intelectual de la Iglesia.

Antiguo Lector de Reith y deán de Peterhouse, el canónigo Norman es historiador eclesiástico, de cara ovalada y altos pómulos que le asemejan a un eclesiástico de la época Tudor. Habla rápidamente y de modo reservado, puliendo sus secas palabras mientras que habla, de modo que su prosa y conversación son casi indistinguibles. Confía al papel algunos pensamientos que sus colegas hubieran deslizado sencillamente en la sala capitular después de la cena.

En Dificultades del anglicanismo, Norman dispara imparcialmente contra todas las facciones de la Iglesia [Anglicana]. Sobre el Sínodo General, escribe: "cada desacuerdo, aparentemente en cada junta o comité, se soluciona evitando el debate principal. La cobardía moral ordinaria se presenta como juicio sabio; la ambigüedad en la construcción de las fórmulas de compromiso es la segunda naturaleza de sus líderes." Acusa a los obispos evangélicos, que pregonan a los cuatro vientos su adhesión a la ortodoxia bíblica, de vender sus principios como intercambio para su propia promoción. "Discretamente, detrás de las cortinas corridas de las casas de los obispos evangélicos, se están echando del tablero las piezas en juego”, escribe Norman.

¿Pero cómo puede alguien que cree que la Iglesia de Inglaterra se está derrumbando pertenecer a ella?

La respuesta es que Edward Norman abandonará la Iglesia de Inglaterra cuando se retire como miembro del Capítulo de la Catedral de York en mayo. Más adelante, este mismo año, será recibido en la Iglesia Católica por un compañero suyo en Cambridge, el Padre Dermot Fenlon, en el oratorio de Birmingham. Ha comenzado a asistir a la Misa en las Iglesias católicas usando camisa de cuello y corbata para pasar inadvertido. Pero no hay mención de la conversión a Roma en Dificultades del anglicanismo. Norman recalca que abandonar la Iglesia de Inglaterra y convertirse en católico son "evoluciones absolutamente independientes". Porfía en que su nuevo libro no es una crítica del anglicanismo, pero aunque este punto no es fácil de captar, Norman es insistente. "El hecho de que el vaso anglicano se esté derramando no es en sí mismo una argumento para saltar a otro," explica. Va salpicando su conversación con estas metáforas acuáticas.

Después del almuerzo en un restaurante italiano cerca de la Catedral, anuncia: "el anglicanismo se va a arrojar al mar." Alcanza el pan con una ligera sonrisa. "Pero todo saldrá a la luz en el agua." Norman come siempre aquí un plato de pasta a la hora de comer. "Es mi única comida del día," dice, lo que no es difícil de creer: es delgado y ascético, un converso del molde de John Henry Newman más bien que de G. K. Chesterton.

No es un candidato obvio a "hacerse papista". Como Newman, Norman ha pertenecido siempre a la Iglesia baja; cuando fue nombrado Ministro de York, tuvo que ser ayudado con los rituales. ¿Y no apoyó una vez a las mujeres sacerdotes? "Yo al principio estaba a favor, en base a argumentos liberales racionalistas," dice, como disculpándose. "Ahora estoy contra él, por la evidencia. Nos dijeron que al ministerio le faltaba una dimensión entera de la humanidad, pero no ha sucedido tal enriquecimiento."

Lo que sigue es un argumento típico de Edward Norman, perverso u original dependiendo del punto de vista de cada uno. "Las mujeres acentúan la caridad, las relaciones, el sufrimiento, la salud y el amor. Los hombres están interesados en la verdad, las ideas, los conflictos, el pecado, la maldad y la virtud. Esto es una caricatura, pero había sabiduría en Nuestro Señor cuando confió el oficio del sacerdocio a los hombres”. "El sacerdocio se refiere a las enseñanzas, no sólo a la transmisión de los sacramentos. Si usted piensa que el cristianismo se refiere sobre todo al amor y a las relaciones humanas, entonces desaparecerá en la inundación."

Él capta mi mirada sorprendida y encoge sus hombros: "no consigo pensar en el modo de poner esto en palabras que sean aceptables a la cultura contemporánea," me dice. Tampoco parece intentarlo. Hay algo en la visión del mundo de Norman que ofende a cada uno: a los liberales, que se imaginan que la caridad es un sustituto adecuado para los rigores del Evangelio; a los amantes del arte y de la música, que confunden las sensaciones estéticas con la espiritualidad; a los típicos votantes del Partido Conservador que gozan con un buen cántico alegre en Maitines. "El número de la gente que responde a la enseñanza de la verdad es extremadamente pequeño," dice. "Tengo amigos que vienen a la Catedral de York que es gente muy buena, incluso devotos, pero es una observancia muy convencional, basada en la clase."

La clase aparece en los escritos de Norman, un legado de su marxismo juvenil. Su reputación ahora es la de un disidente de derechas, pero él dice que es incorrecto: "no tengo adscripción política. Mi única ideología es el cristianismo clásico, sin reservas." En los últimos años 70, los ataques de Norman contra la izquierda de moda le ganaron la etiqueta de clérigo favorito de Margaret Thatcher; ella incluso lo invitó a jugar a las damas. "Pero no había ningún encuentro de ideas," dice él con firmeza. "La señora Thatcher no era -no es- un pensador muy profundo. Ella era la hija de un concejal que era un liberal de la corriente de Gladstone, y como era él, era ella. Ella buscaba a un intelectual que diera un pedigrí a sus valores liberales. Tengo admiración por ella, y la encontré personalmente amable. Pero me han horrorizado los resultados del capitalismo salvaje."

Sus propias simpatías son imprevisibles. Uno se pregunta si la señora Thatcher todavía lo admiraría si ella hubiera oído su conferencia final en la Catedral de York: un elogio de la obra del cineasta ateo gay Derek Jarman. La conferencia fue extraordinaria, no sólo por las citas de Jarman que Norman incluyó. Jarman dice acerca de George Carey: "hombre con cara de luna y mofletudo, un escribano clerical, un matón de escuela con una mitra de plástico." Y sobre la entronización de Carey como Arzobispo de Canterbury: "aquí es donde aparece la porquería." El canónigo canciller de la Catedral de York citó estas líneas como si las aprobara. Quizás su fracaso al alcanzar oficios altos en la Iglesia establecida no sea tan misteriosa.

Norman empleó 17 años en Peterhouse, donde uno de sus estudiantes era Michael Portillo. "Un alumno muy trabajador," recuerda; "nunca observé ninguna irregularidad sexual en su vida." La mayoría del tiempo de Norman como catedrático de Cambridge se dedicó a los estudios escritos (entre otros) de los socialistas cristianos de la época victoriana y de la Irlanda moderna. Participó también en una de las mayores disputas de la Mesa de los Profesores de la historia reciente, que comenzó cuando él se enfadó con el Rector de Peterhouse, el señor Dacre, sobre un servicio conmemorativo de un catedrático que había sido cogido robando en tiendas. Norman pensó que el hombre merecía un servicio conmemorativo por parte de Cambridge. Dacre discrepó. Tal como Norman lo narra, la opinión de Dacre parece de hecho poco razonable. (hace años, cuando trabajaba en la columna diaria de un periódico, busqué la versión de Dacre de esta historia. Él solamente me dijo: "el doctor Norman es una m--.")

Después del almuerzo, Norman me enseña los alrededores de la catedral. "Este es un ejemplo muy pobre del estilo gótico tardío," dice, mientras mueve su fino brazo con desdén a través de la nave medieval más ancha de Inglaterra. "Fue levantada en plan barato; los elementos decorativos están fuera del catálogo de los artistas." ¿Pero el milagroso techo abovedado no ayuda a los fieles a concentrar sus pensamientos? "Las catedrales pueden ser un obstáculo y también una ayuda a la fe," dice Norman. "Pueden conducir a la gente a gozarse en la emoción. Preferiría que se arrepintieran de sus pecados."

Pasamos ante una estatua de San Pedro, santo patrón de la Catedral, llevando una llave. Es una imagen apropiada. Pronto, el canónigo Norman estará libre "del caos ideológico del anglicanismo" y en comunión plena con (como él cree) el sucesor de San Pedro. Entonces vendrá su retiro en Brighton "y yo estaré en sentido propio retirado," dice. La reacción de sus críticos no es difícil de predecir: "bien, ya se ha marchado una dificultad anglicana," sonreirán. Pero otros lamentarán la pérdida de uno de los pensadores más profundos y más inquietantes que la Iglesia de Inglaterra ha producido en décadas.

"El catolicismo es lo que he creído siempre, aunque no tenía la agudeza de darme cuenta," dice el canónigo Norman, poniéndose su abrigo. "Usted puede llamarlo un rayo de luz antes de que el sol se ponga."

Fuente: The Daily Telegraph, martes 24 de febrero de 2004, p. 15
(original en inglés)

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