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Vida Sacerdotal - Noticias de 2004

Juan Pablo, a la luz de sus veinticinco años de pontificado, y de su ministerio como arzobispo y sacerdote en Cracovia, considera que la ayuda a la familia debe ser una de las prioridades pastorales de todo sacerdote. Así lo confesó este jueves, en un encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma a los que recibió en el Vaticano con motivo del comienzo de la Cuaresma, en el que dejó a un lado el discurso que había preparado y les improvisó palabras con las que quiso transmitirles esta preocupación.

La familia, tema central en este año del programa pastoral de la diócesis de Roma, significa, según la Biblia, «hombre y mujer los creó». «Quiere decir -añadió-: amor y responsabilidad. De estas dos palabras brotan todas las consecuencias». «Aprendí hace mucho tiempo, desde que estaba en Cracovia, a vivir al lado de las parejas, de las familias -recordó improvisando-. He seguido también de cerca el camino que lleva a dos personas, a un hombre y a una mujer, a crear una familia y, con el matrimonio, a convertirse en esposos, padres, con todas las consecuencias que conocemos».

El Papa pidió a los sacerdotes que leyeran el discurso que les había preparado en «L’Osservatore Romano», el diario de la Santa Sede, en el que les invitaba a «reconocer el carácter central de la familia en el designio de Dios sobre el ser humano y, por tanto, en la vida de la Iglesia y de la sociedad». «No nos cansemos nunca de proponer, anunciar, testimoniar esta gran verdad del amor y del matrimonio cristiano», exigía en el discurso escrito. «Vuestra responsabilidad con las familias -afirmaba- no sólo abarca los problemas morales y litúrgicos, sino también los de carácter personal y social. Estáis llamados, en particular a apoyar a la familia en sus dificultades y sufrimientos, acercándoos a sus miembros y ayudándoles a vivir su vida de esposos, padres, e hijos a la luz del Evangelio».

«No tengáis miedo, por tanto, entregar a las familias, vuestro tiempo y energías, los talentos espirituales que el Señor os ha dado. Sed para ellas amigos atentos y dignos de confianza, además de pastores y maestros», pide el Papa a los presbíteros. «Acompañadlas y apoyadlas en la oración, propone con verdad y con amor, sin reservas o interpretaciones arbitrarias, el Evangelio del matrimonio y de la familia». En las dificultades, añadió, el sacerdote debe ayudar a la familia a comprender «que la Iglesia siempre es su madre, además de maestra». «Los comportamientos equivocados y con frecuencia aberrantes, que se proponen públicamente o que incluso se ostentan y exaltan, así como el contacto cotidiano con las dificultades y las crisis que atraviesan muchas familias, pueden suscitar en nosotros la tentación de la desconfianza y la resignación», reconocía Juan Pablo II en su discurso.

Por ello, invitó a los sacerdotes a derrotar esta tentación «con la ayuda de Dios», «ante todo dentro de nosotros, en nuestro corazón y en nuestra inteligencia». «No ha cambiado el designio de Dios, que ha escrito en el hombre y en la mujer la vocación al amor y a la familia -aseguraba-. Hoy no es menos intensa la acción del Espíritu Santo, don de Cristo, muerto y resucitado». «Y ningún error -concluyó-, ningún pecado, ninguna ideología, ningún engaño humano pueden suprimir la estructura profunda de nuestro ser, que tiene necesidad de ser amado y que a su vez es capaz de amar auténticamente».

Papa Wojtila subrayó que incluso aquellas características de la unión conyugal que actualmente muchas veces son rechazadas, «como su unidad, indisolubilidad y apertura a la vida», son, por el contrario, necesarias para que sea un auténtico pacto de amor. Juan Pablo II recordó a los católicos que el matrimonio es un sacramento, «señal eficaz de gracia y salvación», y animó a los sacerdotes a «no tener miedo» de gastarse por las familias, a ayudarlas en todos los momentos, sobre todo los difíciles, y a educar a los jóvenes a apreciar el verdadero significado del amor.

El Papa Juan Pablo II salió en defensa de la verdadera naturaleza de la familia una vez más, y reiteró la indisolubilidad del matrimonio y criticó los «comportamientos equivocados y aberrantes» sobre el matrimonio que públicamente vienen exaltados y recordó a los sacerdotes que están llamados a la castidad. Refiriéndose a los sacerdotes, Juan Pablo II resaltó que «nuestra vocación no es, está claro», la del matrimonio, sino la del sacerdocio y la castidad».

«Colocar a la familia en el centro de la vida de la Iglesia y de la sociedad es una obligación irrenunciable de los sacerdotes», afirmó el Obispo de Roma, que agregó que el matrimonio y la familia no pueden ser considerados un «simple producto» de circunstancias históricas o algo impuesto desde fuera al amor humano, sino una exigencia interna de ese amor.

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