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Cómo es la vida de un sacerdote en tiempos de crisis de la Iglesia

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Cómo es la vida de un sacerdote en tiempos de crisis de la IglesiaEn tiempos de apostasías y de pañuelos verdes y naranjas que alguien asegure ser católico y lo demuestre abiertamente se encuentra al borde de lo políticamente incorrecto. Pero a Facundo Fernández Buils no parece importarle: no sólo es sacerdote de la iglesia católica, sino que también hace todo lo posible para parecerlo.

"Los curas de hoy debemos ser puentes de la presencia de Dios en el mundo. Tenemos que ser el recuerdo de que Él cuida de sus criaturas. El mismo atuendo tiene que facilitar este encuentro. Yo no llevo sotana pero siempre voy con el clerishman", afirma convencido. El clerishman es el plástico blanco que utilizan algunos sacerdotes en el cuello de la camisa y que ayuda a identificarlos.

Desde el colegio y la parroquia Nuestra Señora de Luján de los Patriotas, en Mataderos, Facundo atiende las necesidades espirituales de una parte de los 3.600.000 fieles que asisten a la iglesia en todo el país, aunque, en realidad, el número de bautizados ascienda a 24 millones. A pesar de la crisis que atraviesa a la Iglesia, agigantada por el debate del aborto y por los tremendos casos de pedofilia, el sacerdote asegura que en sus trece años tanto de seminarista como de sacerdote -se ordenó hace cinco- nunca nadie lo insultó, sino que al contrario, muchos desconocidos lo han parado y lo paran por la calle para conversar o para pedirle consejo.

"Eso es gracias al clerishman que acerca a la gente que me ve como alguien dispuesto a quien poder abordar para charlar o encontrar consuelo de palabras. Por ejemplo, soy de usar Uber y cuando los choferes se dan cuenta de que soy sacerdote se arman conversaciones muy interesantes. El colectivo, el barrio, las calles de la ciudad, cualquier lugar es ocasión para que alguna persona necesitada de la palabra de Dios se me acerque".

Facundo le dedica alrededor de tres horas diarias al encuentro íntimo con Dios contando la misa y el rosario. Se despierta todos los días a las seis de la mañana con el propósito de hacer una hora y media de oración. Reza con la Liturgia de las Horas, que es una plegaria que comparte con todos los sacerdotes del mundo y que consiste en que a cada hora en todos los lugares haya alguien rezando por el planeta. A la mañana, al mediodía, a la tarde, al atardecer y a la noche.

"Es algo muy lindo saber que hay alguien rezando por el mundo en todo momento, es como la oxigenación del planeta", dice. Luego se encuentra con el Evangelio del día y ahí entabla un diálogo personal con Dios sin fórmulas ni frases hechas por otros. Si bien durante el día se intenta hacer el tiempo de rezar a la tarde y a la noche, prefiere asegurarse esa hora y media de contemplación porque "si la oración no tiene un lugar temprano en la agenda, se la traga el día. El ritmo de la ciudad no ayuda a frenar la pelota".

Salir al mundo

Para él, ser una buena persona no es estar rezando todo el tiempo metido en la iglesia, sino que significa salir al mundo, preocuparse por los demás, mirarlos a los ojos para entender qué les pasa y atender especialmente a los más débiles. "Para mí ser religioso no implica ser más buenos, aunque sí nos ayuda a estar en contacto con Dios y a tener el corazón más dispuesto para quienes lo necesiten", dice.

Junto con el atuendo y la oración que lo ayudan a acercarse a todas las personas que lo necesitan, el celular para Facundo es hoy una herramienta de trabajo que usa en sus tareas pastorales y que le permite estar presente en el continente digital. "Uso Facebook e Instagram, pero intento no estar demasiado pendiente en general. Una vez por año cuando me voy de retiro por seis días lo apago para estar más en presencia de Dios. Y si me junto con alguien a conversar lo pongo en silencio y ni lo miro porque creo que la persona es más importante que el teléfono, que es sólo un medio."

No siempre fue cura, sino que estudió diseño multimedial hasta que descubrió su vocación a los 22 años y después de ocho de seminario se ordenó a los treinta.

Si no da la misa de la mañana, celebra la de las siete de la tarde. El día se le va en trámites y en atender las necesidades pastorales de la Iglesia y del colegio -catequesis, confesiones, grupos de autoayuda, visita a enfermos, bendiciones de casas-. "Los que no conocen a un cura de cerca piensan que no hacemos nada, pero nuestra agenda está repleta de actividades previstas y de imprevistos."

Va y viene en colectivo donde aprovecha para hacer silencio y hablar con Dios desde la ventanilla. "Es importante para no perder de vista la rectitud de intención hacer estaciones de oración durante el día. Cuando uno tiene la mirada atenta hay un espacio para lo trascendente. No hace falta estar en la Iglesia para rezar, sino que se puede dialogar con Dios donde sea sin repetir fórmulas, sino en una conversación de corazón.

Salidas: Cine y recitales. Sacar fotos.

Consumos culturales: Netflix, Spotify y libros en formato e-book.

Asuntos por los que reza: "Rezo por muchas personas desde el verdulero de la vuelta de la parroquia hasta por un desconocido que quizás me habló en el colectivo, no centro mi oración en mí, sino en las personas que pueden estar sufriendo".

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 13 de septiembre de 2018

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