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Vida Sacerdotal - Cuestiones pastorales

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gn 2, 24). Esta afirmación nos abre a un contenido asombroso sobre la verdad del amor esponsal, como luz fundamental para la vida de los hombres. La revelación divina nos presenta el amor humano de un modo nuevo al introducirlo en un plan de Dios descubierto en las experiencias humanas básicas. El nuevo horizonte que cobran desde Dios es el valor genuinamente personal de tales relaciones en las que se constituye la identidad de cada hombre. En particular, se descubre la dimensión de don de sí propia del amor conyugal, que explica la exigencia de «dejar a su padre y a su madre», y que tiene como contenido y finalidad «ser una carne». Esta nueva condición es un vínculo espiritual real en la corporeidad de los contrayentes, pues el cuerpo del esposo ya no es para él mismo, sino para la esposa, y viceversa (cf. 1 Co 7, 4). Además, el contexto del Génesis entiende el «ser una carne» con un sentido de fecundidad que forma parte de la imagen divina, pues el amor de Dios es fuente de toda paternidad (Ef 3, 15), y significado en la bendición que los primeros esposos reciben de Dios (Gn 1, 28).

Este marco amoroso nos manifiesta el significado profundo de la sexualidad. El hombre aislado no es fecundo («no es bueno que el hombre esté solo»: Gn 2, 18); requiere la unión a la mujer para poderlo ser.

 

La unión en la carne es signo de la fecundidad por medio de un don de sí dentro de un amor conyugal que integra la dimensión de la diferencia sexual intrínseca a la sexualidad. La verdad del amor personal aparece, pues, en una dinámica de unidad en la diferencia que en sí cuenta con una promesa de fecundidad. Este dinamismo amoroso encuentra su expresión arquetípica en el amor conyugal. Aquí se crea el lugar donde Dios interviene con el don del «novum» de una nueva persona única e irrepetible, con un destino eterno. No se reduce a un hecho biológico; es una vocación de Dios que pide una respuesta adecuada del hombre.

Luz incidiendo en una columna. Monasterio de El Paular (España)El valor de ser «una sola carne» por medio de un don de sí constituye la verdad normativa que Pablo VI afirmó con autoridad en la Humanae vitae (n. 12): «La inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador». Es la «carne» la que une el don de los esposos con la promesa de la fecundidad. Si el hombre priva una unión sexual de sus significados, unitivo y procreador, atenta contra el amor verdadero.

El amor conyugal es así una luz específica de la verdad del hombre que permite descubrir el sentido de la vida, en cuanto nace como don y se vive en referencia al don de sí. Tiene por ello un pleno sentido moral. No es una simple relación de conveniencia accidental, sino la expresión auténtica de un sentido que afecta al acto conyugal en cuanto tal. La sexualidad humana pide ser configurada por medio del amor esponsal y, en él, alcanza el valor de una plenitud de vida que los esposos no pueden falsificar. La norma tan poco comprendida de la Humanae vitae (n. 11) de que «todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» es muy ilustrativa. La definición de la intención anticonceptiva estriba en la diferencia entre «hacer infecundo un acto» y «realizar un acto infecundo». En el primer caso la infecundidad pertenece a la intención de la persona que la impone al acto; en la segunda, es una característica biológica del acto sexual. Sólo la primera es en verdad moral, con un carácter intencional.

Eso mismo se puede ver, además, desde el marco mayor de «ser una sola carne» pues el rechazo de una donación corporal completa supone también una ruptura del significado unitivo que es más que una simple unión física. Es una consideración muy alejada del fisicismo que sacraliza indebidamente la biología, pues expresa el carácter personal del amor en la carne. Así se puede evitar el riesgo de un teleologismo que sólo ve en el sexo un material maleable según la propia voluntad.

Esta es la luz poderosa del amor conyugal por la cual los esposos deben responder a las distintas situaciones que se presentan en su vida matrimonial, y que a veces son grandes pruebas.

En el consentimiento matrimonial se prometen ser fieles «en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad» gracias a un amor que no depende de circunstancias exteriores sino que sabe expresar su fidelidad de modo creativo ante ellas.

Una situación actual proviene de la proliferación de las infecciones de transmisión sexual que afecta a la vida íntima de los cónyuges. En concreto, por su extensión y gravedad, el caso del sida despierta dramáticos interrogantes. Para combatir esta enfermedad, se ha recomendado insistentemente en ámbitos sanitarios y políticos el uso preventivo del condón. Surge aquí la cuestión ética de su eventual uso en el caso de un matrimonio en el que uno de los cónyuges esté infectado.

Para responder al problema, es necesaria una adecuada información de la situación sanitaria en relación a esta terrible enfermedad, con el fin de ejercer la responsabilidad ante una situación que contiene una amenaza de muerte. La medicina ha realizado enormes progresos y la enfermedad, en aquellos que tienen acceso a los medicamentos, se ha controlado de modo significativo. Se ha alargado notablemente la esperanza de vida de los enfermos y sus condiciones de salud general han mejorado sensiblemente.

Incluso se ha atenuado la posibilidad de contagio y, sobre todo, las nuevas técnicas han logrado que en la mayoría de los casos los niños de madres infectadas puedan nacer sanos. Es necesario conocer bien estos datos para valorar con exactitud los efectos que tiene para la salud su posible contagio.

En este sentido, hay que decir también que, aunque el uso del preservativo en un acto singular pueda tener una cierta eficacia en la prevención del contagio del sida, sin embargo no es capaz de dar una seguridad absoluta ni siquiera en tal acto y menos aún en la entera vida sexual de la pareja. Es, por tanto, impropio indicar su uso como un medio eficaz de evitar el contagio. Las distintas campañas que invitan a su uso indiscriminado han mostrado lo contrario; al alimentar una falsa creencia de que no existe peligro alguno, aumenta la posibilidad de quedar infectado. Presentar el condón como una solución del problema es un grave error; elegirlo sin más como práctica habitual, es una irresponsabilidad hacia la otra persona.

Pero vayamos ahora a la perspectiva propiamente ética. La luz del amor conyugal rechaza los caminos que lo corrompen. Así se ve la falsedad de la pretendida solución técnica del preservativo. Un acto sexual realizado con condón no se puede considerar un acto plenamente conyugal en la medida en que se le ha privado voluntariamente de sus significados intrínsecos. El preservativo, con su efecto barrera, deforma de algún modo la realización misma del acto sexual y lo priva no sólo de su significado procreativo al poner un impedimento para la fecundación; también rompe el significado real de ser «una carne» en su sentido de totalidad del don en una unión esponsal. No es verdaderamente unitiva una relación que, al impedir intencionalmente la comunicación del esperma, excluye la posibilidad de su acogida en el don mutuo de los cuerpos de los cónyuges.

En definitiva, moralmente es un acto no plenamente conyugal. Este es el juicio ético general sobre este acto sin entrar todavía en la consideración prudencial sobre el riesgo de infección que se corre.

Desde tal juicio, la luz del amor conyugal permite a los cónyuges afrontar la comprometida situación que viven y que pide respuestas a la altura de las graves dificultades que se le presentan. Por tanto, ante la posibilidad insuperable del contagio pueden tomar por acuerdo la decisión de abstenerse de tener relaciones sexuales por motivos de salud, como ocurre con otras enfermedades. Forma parte de su promesa esponsal responder con generosidad y, en esa dura situación, deben sacar de su compromiso la fuerza necesaria para vivir la verdad de su vocación, confiar en la gracia de Dios y procurar el acompañamiento de la Iglesia que les asiste en su camino.

La luz propia del plan de Dios sirve para que el amor conyugal de los esposos encuentre siempre una respuesta adecuada que han de vivir responsablemente, sobre todo en momentos de grave prueba. Es una afirmación convencida del valor de la vida humana, a la luz de la expresión verdadera de un amor que vale la pena vivir en plenitud.

Juan José Pérez-Soba es profesor de teología moral en la facultad de teología San Dámaso, de Madrid, y en el Instituto pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia

Fuente: L'Osservatore Romano, edición en español, n. 22, 29 de mayo de 2011, p. 5

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