Vida Sacerdotal - Información para sacerdotes

¿De qué ha hablado hoy el cura?Mis buenos amigos curas, que no son pocos, saben lo que los estimo y aprecio. Por eso, no se enfadarán con el “experimento” que propongo hoy a los lectores: un domingo cualquiera, a la salida de misa, hacerle una sencilla pregunta a los feligreses: “¿De qué ha hablado hoy el cura?”.

Es sorprendente: muchísimos fieles te responderán que “no sé” o, queriendo ser caritativos, añaden “pero ha sido bonito”. Lo digo porque yo, que soy de esos extraños casos que atiende en la misa y, en especial, en la homilía, muchas veces no entiendo absolutamente nada de lo que se ha predicado. O, peor aún: lo he entendido, pero me ha parecido intrascendente, aburrido y rutinario.

Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados y seminaristas
Discurso del Santo Padre

Colegio San Miguel, Antananarivo
(Madagascar)

Domingo, 8 de septiembre de 2019

Queridos hermanos y hermanas: ¡Pensaba que cuando me traían esta mesa era para comer, en cambio, es para hablar!

Agradezco vuestra cálida bienvenida. Quiero que mis primeras palabras estén dirigidas especialmente a todos los sacerdotes, consagradas y consagrados que no pudieron viajar por un problema de salud, el peso de los años o alguna complicación. Una oración todos juntos por ellos, en silencio. [Rezan en silencio.]

Encuentro con los Obispos, sacerdotes, religiosos/as,
consagrados y seminaristas, catequistas y animadores

Discurso del Santo Padre

Catedral de la Inmaculada Concepción de Maputo
Jueves, 5 de septiembre de 2019

Queridos hermanos Cardenales,
hermanos obispos,
Queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas,
Queridos catequistas y animadores de comunidades cristianas,
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Agradezco el saludo de bienvenida de Mons. Hilário en nombre de todos vosotros. Con afecto y gran reconocimiento, os saludo a todos. Sé que habéis hecho un gran esfuerzo para estar aquí. Juntos, queremos renovar la respuesta al llamado que una vez hizo arder nuestros corazones y que la Santa Madre Iglesia nos ayudó a discernir y confirmar con la misión. Gracias por vuestros testimonios, que hablan de las horas difíciles y los desafíos serios que vivís, reconociendo límites y debilidades; pero también admirándoos de la misericordia de Dios. Me alegró escuchar de la boca de una catequista decir: “Somos una Iglesia insertada en un pueblo heroico”. ¡Gracias! Un pueblo que sabe de sufrimientos pero mantiene viva la esperanza. Con ese sano orgullo por vuestro pueblo, que invita a renovar la fe y la esperanza, queremos renovar nuestro “sí” hoy. ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero» (Ap 2,4)! Pido al Espíritu Santo que os dé siempre la lucidez de llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él quiere decirnos.

San Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonadosSan Manuel González García nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877 en el seno de una familia sencilla y religiosa. Ingresó en el Colegio San Miguel, donde estaban los niños del coro de la Catedral de Sevilla. Antes de los diez años pasó a formar parte de los Seises, un conocido grupo de niños que bailan delante del Santísimo de la Catedral de Sevilla en la Octava del Corpus Christi y en la Octava de la Inmaculada Concepción.

Fue ordenado sacerdote en 1901. En 1902 acude al pueblo de Palomares del Río, cerca de Sevilla, en misión. Allí se siente abrumado ante las dificultades y queda impresionado por la soledad de Jesús en el Sagrario. Él mismo narra:

Sacerdotes de los que nadie habla“Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars, a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos ustedes, hermanos presbíteros, que sin hacer ruido ‘lo dejan todo’ para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A ustedes, que, como el Cura de Ars, trabajan en la ‘trinchera’, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, ‘dan la cara’ cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de ustedes, que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal”.

Con estas palabras comienza el papa Francisco una carta dirigida a todos los sacerdotes que entregan su vida, cada día y por amor a Dios, a Cristo Nuestro Señor, en servicio de los fieles a ellos encomendados. Y con estas líneas quiero unirme a la oración del Papa, bien consciente de que el trabajo y las fatigas, las alegrías y las penas de esos sacerdotes saltan de sus corazones al de Dios, y que apenas los ven y aprecian otras personas. En no pocos casos, ni siquiera sus propios Obispos, pero ellos miran cara a cara a Dios, a Él se entregan en cuerpo y alma, y elevan su mirada al Cielo en el momento de cerrar los ojos a los horizontes de la tierra.

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