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Vida Sacerdotal - Sacerdocio de Cristo y sacerdocio ministerial

Introduccion

Usted le llama a Jesucristo “Mi Salvador, “Mi Señor, “Mi Pastor” “Profeta” “Maestro” “Rey del Universo”, “Hermano mayor” “Amigo”, o “Hijo de Dios”. Pero muy pocas veces, quizás, le diga "mi Sacerdote".

El Buen Pastor. Catedral de Sankt Gallen (Suiza)1 ¿Qué significa sacerdote?

"Sacer" en latín significa "'sagrado", "santo". Sacerdote (“sacer”_ “dos” en latín) viene a significar aquel que ha recibido y al mismo tiempo ofrece una "dote", un "don sagrado".

El sacerdote es un hombre, igual que los hombres, solidario con ellos, pero en el cual habita algo recibido de Dios, y así relaciona a Dios con los seres humanos y a los seres humanos con Dios.

Para indicar ese acto de recibir "un don sagrado para luego transmitirlo" se derramaba sobre el candidato a sacerdote aceite. Se le ungía. Quedaba empapado de "divinidad" y todo su ser, de esa manera, quedaba consagrado.

Jesucristo es el Sacerdote por excelencia en el sentido pleno de la palabra, porque en Él “se encarnó Dios mismo”, “en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”, y a través de Él nos ha llegado, se nos ha ofrecido, no una parte, o unos cuantos dones sagrados, sino toda la plenitud de la divinidad: “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único" (Jn 3,16); "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9).

Jesús como “Salvador” perdona, libera, sana; como “Señor”, dirige; como “Rey” es dueño; como “Pastor” guía; como “Maestro” enseña; como “Hermano mayor” nos hace iguales; como “Amigo” nos dice todo; como “Hijo de Dios” diviniza y como “Sacerdote” santifica, es mediador, intercesor.

2 El sacerdocio en el Antiguo Testamento.

EI sacerdote en el Antiguo Testamento (el levita, el descendiente de Aarón) era una figura clave y era una de las tres funciones importantes creadas por Dios para servicio de su pueblo.

Las otras dos eran "los profetas y los reyes".

Para comprender mejor la tarea del sacerdote del Antiguo Testamento podemos traer a la memoria una serie de palabras que le son propias y lo identifican: "culto", "mediación", "templo" ,"santidad", "sacrificio", "víctima", "ofrenda”, “sangre”, “cordero”.

Cristo nunca se llama a sí mismo "sacerdote" en los Evangelios ni lo hicieron tampoco los otros escritos del Nuevo Testamento, excepto la Carta a los Hebreos.

Sin embargo, se usan las palabras propias del sacerdocio del Antiguo Testamento para explicar la obra y la misión de Jesús.

Sin duda, Cristo no quiso que se confundiera su sacerdocio con el que entonces vivían los judíos. Él no venía a eliminar los valores del Antiguo Testamento, pero sí venía a darles un sentido nuevo y a perfeccionarlos.

Jesús, pues, continua los valores sacerdotales recibidos de Ley y los Profetas no declarándolos intangibles, sino completándolos, de acuerdo a aquel criterio suyo: “No he venido a abolir, sino a completar” (Mateo 5, 17).

De esta manera, el antiguo sacerdocio Israelita cobra su pleno sentido y permanece en Jesús.

Hay que afirmar, entonces, que para entender el nuevo sacerdocio de Cristo es necesario conocer el sacerdocio del Antiguo Testamento y su lenguaje, pero dándole ya el significado que tiene en el Nuevo Testamento.

3 El Nuevo Testamento.

Las palabras sacerdotales para definir la misión de Jesús, como las nueve referidas más arriba a propósito del sacerdocio en el Antiguo Testamento, aparecen claramente en los labios y en la práctica de Jesús, sobre todo, cuando Él habla de su muerte.

Para Jesús su muerte es un sacrificio.

Unas veces la compara con el sacrificio de la Alianza de Moisés al pie del Sinaí (Mc 14,24; Ex 24,8) y otras con el sacrificio expiatorio del Siervo de Yahvé (Mc 10,45; Is 53); y la sangre que Él da en el tiempo de la Pascua recuerda la sangre del Cordero Pascual (Mc. 14,24; Ex. 12,7).

De la misma manera hablarán sus Apóstoles. Pablo y Pedro recordarán la figura del sacrificio del Cordero Pascual (I Cor 5,7; I Ped 1,19); traerán el tema de la sangre con un sabor netamente sacrificial (I Cor 10,16-22; I P. 1,2-19). Él es el mediador único (I Tim. 2,6).

Juan lo presenta abiertamente con vestidura sacerdotal (Jn 19,23; Ap 1,13), pone en sus labios la "oración sacerdotal" (Jn. 17), con la que se abre el sacrificio de la cruz.

En este conjunto del Nuevo Testamento, Cristo se presenta como Sacerdote de su propio sacrificio.

Él es Sacerdote y víctima al mismo tiempo.

Pero es sobre todo la Carta a los Hebreos la que trata este tema con gran profundidad, como una reflexión propia, usando el lenguaje sacerdotal en toda su amplitud.

4 La Carta a los Hebreos.

Bauer, en su Diccionario de Teología Bíblica resume, de la siguiente manera, la teología de Cristo sumo Sacerdote, contenida en la Carta a los Hebreos: "La profunda impresión de la vida de Cristo (obediente, misericordiosa, consagrada a Dios) y de su muerte a la luz de la glorificación determinan la concepción del sumo sacerdocio de Cristo en Hebreos".

"El Sumo Sacerdote, Cristo, es tomado de entre los hombres (5,1), hecho en todo semejante a sus hermanos, los hombres (2,17; cf. 2,10-18), de naturaleza igual a la de ellos (2,11), hecho de carne como ellos (5,7) débil y tentado (2,18; 4,15), a fin de que mitigue su ira contra el pecado (5,1), no teniendo en cambio, Él, pecado alguno (4,15; 7,.28: cf.2 Cor. 5,21; l Jn. 3,5; Ped 2,22).

Por ser Cristo juntamente Dios y hombre, puede ser mediador y sacerdote perfecto".

"Cristo tiene todos los requisitos del sacerdocio: como representante de los hombres ante Dios es misericordioso, y como mediador de Dios para con los hombres es fiel".

"El sumo sacerdote Cristo es perfecto en todo aspecto. Tiene toda la perfección personal y moral que le habilita para el culto perfecto”.

“Cristo es esencial, no accidentalmente sacerdote. Su consagración por la divinidad y su fiel conducta garantiza para siempre su perfección moral, la permanente aceptación de parte de Dios, la perpetua proximidad a Dios”.

Cristo es ya para siempre el Intercesor, el Sacerdote Santo, el Único Mediador de la Nueva Alianza.

5 Los sacerdotes ministros.

De la misma manera que Cristo no se designó a sí mismo con la palabra Sacerdote para evitar confusiones, pero ejercitó funciones sacerdotales, así tampoco a sus Apóstoles los llamó nunca sacerdotes, pero les mandó que continuaran su misión y explicó su ministerio como mediación, y por lo tanto, como sacerdotal.

Ellos no solamente han de predicar el perdón de los pecados, sino que efectivamente los perdonan (Mt 18, 18; Jn. 20, 23).

No solo anuncian el sacrificio de la muerte de Cristo, sino que tienen el mandato de Cristo de renovarlo: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor. 11, 24-25).

Existe un único Sacerdote y Mediador, Jesús, y los demás ejercen ese ministerio por voluntad suya a través de Él, por eso toda intercesión o mediación se hace “por Cristo, con Él y en Él”.

San Pablo, en sus Cartas, refleja espontánea y hermosamente esta realidad de su función sacerdotal.

Predica el Evangelio como servicio santo, a fin de que los gentiles se conviertan en ofrenda aceptable a Dios (Rom 15, 15). Ve su obra misional como obra de culto (Rom 1, 9).

Para él, sufrir el martirio sería completar el sacrificio que ha ofrecido por la comunidad de creyentes (Filipenses 2, 17s).

Un lenguaje sacerdotal invade, pues, todo el Nuevo Testamento al hablar de los ministros que deben continuar la obra de Jesús.

Ellos, al igual que Jesús, son Profetas, porque en nombre de Dios, han de anunciar la Palabra del Señor; son Pastores, porque deben guiar al Pueblo de Dios; y son Sacerdotes, porque deben ser mediadores ante Dios para santificar a los hombres.

6 Todo el pueblo de Dios es sacerdotal.

No sólo los ministros-cabeza son considerados sacerdotes, sino que la Iglesia entera es llamada “pueblo de sacerdotes” y se emplea también un lenguaje sacerdotal para definir su misión y sus acciones.

Llamar a los miembros de la Iglesia “sacerdocio real” (1 Pedro 2, 9) es una hermosa afirmación, que nos ayuda a comprender una dimensión importante de los seguidores de Cristo y nos muestra también cómo ellos han participado de todo aquello que posee el Hijo de Dios encarnado.

Así Pablo ve la fe de los fieles como “un sacrificio y una ofrenda” (Filipenses 2, 17); las ayudas económicas que recibe la Iglesia de Filipos son “un perfume de buen olor, un sacrificio aceptable, agradable a Dios” (Filipenses 3,18).

Toda la vida del cristiano es sacerdotal: “tal es el culto espiritual que tenéis que tributar” (Rom 12, 1).

Este culto consiste tanto en la alabanza del Señor como en la limosna y en la puesta en común de los bienes (Heb 13, 15-16).

Una de las características propias del sacerdocio de Cristo es que no separa la vida del templo de la vida diaria.

En el templo y fuera de él se rinde culto a Dios. Más aún, cada cristiano y toda la Iglesia es templo como lo es Cristo; así el templo está también allí donde estamos nosotros trabajando.

Encontramos aquí, pues, todo el lenguaje sacerdotal aplicado a todos y cada uno de los miembros de la Iglesia

7 Un resumen.

7.1 Ningún título dice por sí solo todo lo que es Cristo Jesús.

Cada uno de ellos nos muestra una faceta de la infinita riqueza encerrada en Él: cuando se acentúa hasta el extremo uno de ellos, dejando de lado los demás, se mutila su identidad, su mensaje y su misión.

7.2 La participación que da Jesús a los suyos de su sacerdocio no hace mella a su único Sacerdocio o su única mediación, “pues de su plenitud hemos recibido todos gracia por gracia” (Jn 1, 16).

7.3 Una buena meditación sobre el sumo sacerdocio de Jesús nos puede llevar a redescubrir el papel de los sacerdotes-ministros y cómo ellos participan de un único sacerdocio; nos hace descubrir también el sacerdocio general de todos los fieles; y nos puede motivar para levantar los brazos en oración y exclamar: “Jesús tú eres mi Sumo Sacerdote, mi Único Sacerdote”.

Conclusión

CERTIFICO que en mi artículo “Cristo Sumo Sacerdote” enuncié diez características que identifican el ser y quehacer de Jesucristo, pero me detuve en una sola de ellas: Sacerdote.

DOY FE, en Santiago de los Caballeros, el 14 de septiembre del año del Señor 2008.

† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio
es presidente de la Conferencia del Episcopado de la República Dominicana

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