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Vida Sacerdotal - Vocación de servicio

"Un sacerdote santo, lleva a su comunidad a la santidad. Un sacerdote indiferente, lleva a la sociedad a la indiferencia. Un sacerdote equivocado, lleva a que la sociedad a tomar caminos equivocados" (Anónimo)

El mes de junio para la Iglesia católica fue de grandes acontecimientos, sobre todo en Quintana Roo. Con la venida de Pentecostés, que trajo nuevos vientos a la Iglesia Católica, y la ordenación de cuatro nuevos sacerdotes.

Ordenación sacerdotal en la Basílica de San Pedro en el VaticanoSalomón de Jesús López Naranjo se ordenó el día 8 en la catedral de Cancún. Posteriormente Germán May Cabrera, el día 26 en José María Morelos; Luis Octavio Jacobo Ortiz, el día 27 en Chetumal y David Alberto Martín Leal, el día 29 en Playa del Carmen. Están unidos al obispo de la prelatura Cancún-Chetumal en el sacerdocio, de él dependen en su ministerio, siendo por el mismo obispo consagrados como verdaderos sacerdotes participando del ministerio de Cristo. Cada uno de ellos tuvo un llamado muy diferente, una historia diversa y una misma vocación: ser elegido por Dios para servir a los hombres y mujeres, en las cosas de Dios.

La vocación sacerdotal es un don maravilloso, un regalo de amor de Dios, Dios quien los llamó porque se enamoró de cada uno de ellos, desde la eternidad. Este amor inmerecido por parte del hombre es un compromiso que tienen con el Señor para que sean más santos, más fieles y mejores apóstoles de Cristo. Dispuestos a llevar la palabra del Señor a todos las personas.

Abrir el corazón y dejarse amar conducirse al Señor, es la única respuesta posible del sacerdote. El compromiso de estos nuevos sacerdotes para hacerse más santos, es decir hacer lo que le agrada a Dios, a no disfrutar sino a hacer su voluntad en todo momento. Qué hermosa vocación, qué hermoso compromiso de respuesta de cada uno de ellos.

Perseverar para siempre. Construir su santificación, día a día, momento a momento, sobre la roca firme de darse a los demás, amando al prójimo, preocuparse por los problemas del otro, enseñando el camino, la verdad y la vida, testimoniando a Cristo en todo momento, ante cualquier adversidad.

La sociedad está urgida de fe, fe en Dios, no puede vivir de fe en las cosas materiales, en el espíritu del tiempo, por eso mismo se espera mucho más de los sacerdotes: de su testimonio de vida, teniendo una fe sencilla, trasmitir en todo momento la fe en Cristo, que puedan enseñarnos cómo, ante la diversa problemática que tenemos en la vida diaria, seguir el camino adecuado para que a la sociedad nos acerquen cada día a Cristo.

El centro de la vida en el sacerdote es el amor, el verdadero amor está en la entrega, en la capacidad de darse a otros, mucho más que en el gusto de saberse querido y recibir de otro una correspondencia afectiva o monetaria. Este amor que nace de Cristo y se para irradiarse al prójimo, transimitir su amor en todo momeneto, para que la sociedad crezca en el amor a Dios y en el amor al prójimo.

A pesar del sudor y la fatiga, que es natural en la tarea del sacerdote, diariamente participan en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar. La obra de salvación se siembra con el sufrimiento, con la oración diaria, con el trabajo arduo, en el amor y unidos a la cruz de Cristo, para colaborar con la redención de la humanidad. El verdadero sacerdote se muestra llevando la cruz de cada día, unido a Jesucristo.

Por el amor a Cristo, estos neosacerdotes han renunciado a una vida que muchos podríamos considerar más libre, más llena, por el amor carnal, por tener una familia, por asistir a fiestas y estar llenos de cosas materiales. Sin embargo, el amor que ellos tienen a Dios es tan grande, que han renunciado a muchas cosas significativas para el mundo, de una gran riqueza interior, donde Cristo los recompensará a cada uno como dice el Nuevo Testamento “el ciento por uno”, por vivir una vocación maravillosa. En esta vocación ellos son otro Cristo.

Fuente: Novedades de Quintana Roo, Cancún (México), 3 de agosto de 2006

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