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Vida Sacerdotal - El sacerdote y la evangelización

Es claro que el mandato de evangelizar del Señor (id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura: Mc 16, 15) se extiende no solo en el espacio (evangelización a todos los pueblos) sino también en el tiempo a todas las épocas de la humanidad, puesto que la tarea de evangelizar no se acaba nunca, dado que el género humano se renueva constantemente. Es por ello una tarea permanente.

En cada momento histórico la evangelización se ha de adecuar a las circunstancias propias; e igual que una correcta inculturización ha de saber descubrir los valores de cada cultura para fecundarla con la fe, también en cada momento histórico quienes anuncian a Cristo deben saber descubrir los valores culturales de su época para impregnarlos con la fe. Solo desde esa perspectiva será posible hacer un anuncio efectivo del Evangelio entre los hombres, pues los cristianos forman parte de esa misma sociedad con esos mismos valores, y con ellos -adecuados a la tarea de la evangelización o no- han de contar. La fe, cuando es vivida, informa a la cultura. Juan Pablo II lo expresó claramente: “una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”1.

 

Por ello en el actual momento es oportuno identificar los rasgos culturales actualmente vigentes.

La sociedad contemporánea

El Concilio Vaticano II nos ofrece uno de los análisis de la cultura de la sociedad actual en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes. Para los padres conciliares, se pueden citar varias notas características de la sociedad contemporánea: “las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico; los más recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vida y las costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las diversas culturas”2.

Lucerna (Suiza): Puente de la CapillaNo todo es negativo: la sociedad contemporánea ha traído nuevas formas culturales que son positivas. Se pueden citar el aprecio a la libertad de las personas, el respeto de la naturaleza3, o el intercambio cultural fruto de la globalización y de las corrientes migratorias4, entre otros fenómenos recientes, que son valores positivos.

En el contexto actual es frecuente hablar de la necesidad de una nueva evangelización. Ya el uso de esta expresión connota que la sociedad contemporánea ha entrado en un proceso de descristianización. Se trata de un diagnóstico que el Papa Juan Pablo II ya hacía: “En los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una 'nueva evangelización' o 'reevangelización'”5. No es este el lugar para hablar de la profundidad del mal, pero a los efectos de este escrito basta con señalar que la nueva evangelización ha de partir de los condicionamientos culturales contemporáneos. Como es natural, la nueva evangelización ha de incluir el anuncio del Evangelio en el ámbito cultural.

Por otro lado, es necesario evitar el pesimismo que llevaría a pensar que ahora la doctrina cristiana no es capaz de fecundar la sociedad. “Suele hablarse en nuestros días de esta sociedad calificándola de 'postcristiana'. Quizá sea oportuno ese apelativo en algunos casos, para reflejar una situación de hecho y unas tomas de posición que pueden explicarse a partir de una deformación intelectual y práctica de la conciencia creyente; pero sería del todo inadecuado ese apelativo -'postcristiana'-, si de ese modo se pretendiese insinuar que la doctrina de Cristo ha perdido la capacidad de informar el mundo contemporáneo: nada más lejano a la realidad, a una realidad que la gracia de Dios nos hace tocar en tantos ambientes y, sobre todo, en el mundo preciosísimo del alma de multitudes de personas”6.

En este contexto, nos debemos preguntar por el papel del sacerdote en la nueva evangelización.

La respuesta inmediata la encontramos en la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis: “la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de los diversos cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial”7.

Los sacerdotes están en el mundo

Los sacerdotes están en el mundo, viven en el mundo junto a sus hermanos los hombres en imitación a lo que hizo el Señor, que habitó en medio de nosotros (cf. Jn 1, 14). Habitan en el mundo, y tienen la función de hacer presente en la sociedad a Jesucristo. “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra para la que el Señor los llama”8. Esa función la hacen a través del pan y de la palabra, de la administración de los sacramentos y de la predicación de la Palabra de Dios.

Quizá la primera tentación por la que pase el sacerdote ante la necesidad de la nueva evangelización es la de sustituir a los laicos en su misión. Como sabemos, los laicos tiene la vocación específica de cristianizar las estructuras temporales de la sociedad9. Si en un ambiente los laicos no consiguen cumplir este objetivo, los sacerdotes puede que pretendan suplir la ausencia del espíritu cristiano. Para ello a veces los sacerdotes se diluyen entre los demás miembros de la sociedad de modo que su carácter sacerdotal quede escondido. Actuar así -además de devaluar la vocación específica de los sacerdotes, como veremos- supone despreciar la índole propia de la vocación de los laicos10, que además traiciona a la misión específica de la Iglesia en el mundo11.

En ocasiones los sacerdotes actúan así porque pretenden hacerse asequibles a los demás hombres. Contra esa actitud previno San Josemaría Escrivá de Balaguer: “No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo labor sacerdotal en este caso , la caridad, la educación, la delicadeza en el trato. Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal”12.

La auténtica solución a este problema siempre será que los laicos asuman sus funciones en la Iglesia y en la sociedad. Una de las funciones de los sacerdotes será alentar a laicos para que sean ellos, bajo su personal responsabilidad, quienes se dediquen a la transformación cristiana de la sociedad. Y ciertamente una de las tareas necesarias para la nueva evangelización es la de formar laicos que asuman plenamente su vocación en la Iglesia y en el mundo13.

Una de las necesidades que surgen para los sacerdotes contemporáneos es la de conocer la sociedad en la que viven e interiorizarla correctamente con su propia experiencia14. Para ello es necesario mejorar la formación de los sacerdotes. Refiriéndose a la pastoral con los jóvenes, Benedicto XVI lo ha expresado claramente: “el sacerdote como educador debe ser él mismo bien formado y estar colocado en la cultura de hoy, rico de cultura, para ayudar también a los jóvenes a entrar en una cultura inspirada por la fe”15.

Además, es sacerdote contemporáneo necesita una preparación esmerada para ejercer su ministerio en la sociedad contemporánea. “Las rápidas y difundidas transformaciones y un tejido social frecuentemente secularizado, típicos del mundo contemporáneo, son otros factores, que hacen absolutamente ineludible el deber del presbítero de estar adecuadamente preparado, para no perder la propia identidad y para responder a las necesidades de la nueva evangelización. A este grave deber corresponde un preciso derecho de parte de los fieles, sobre los cuales recaen positivamente los efectos de la buena formación y de la santidad de los sacerdotes”16.

Identidad del sacerdote

La cuestión de la naturaleza de la vocación de los laicos en la Iglesia introduce otra cuestión, y es la naturaleza de la vocación del sacerdote. Se puede decir que los sacerdotes tienen la vocación de ser ministros de Cristo. Esto abarca tres funciones, la de santificar, la de predicar y la de guiar al pueblo de Dios17.

El sacerdote administra sacramentos en nombre de Cristo, predica la palabra de Dios en nombre de Cristo y guía a sus hermanos los hombres en nombre de Cristo. En la economía de la Nueva Alianza el sacerdocio es participación del sacerdocio eterno de Jesucristo (cfr. Hb 5, 6.10; 6, 20; 7, 1-3.11-17). El Concilio Vaticano II lo expresaba de esta manera: “por la ordenación sagrada y por la misión que reciben de los obispos, los presbíteros son promovidos para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan”18. San Josemaría Escrivá lo resumía así: “Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. (...) ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental”19.

Esta identificación con Cristo no opera solo cuando el sacerdote ejerce un acto ministerial, sino que abarca toda la vida del sacerdote. Benedicto XVI lo expresaba así: “Es indispensable volver siempre de nuevo a la raíz de nuestro sacerdocio. Como bien nos consta, esta raíz es una sola: Jesucristo nuestro Señor”. Y añadía: “Pero este Jesús no tiene nada que le pertenezca; es totalmente del Padre y para el Padre”. De ahí sacaba el Papa la consecuencia para cada uno de nosotros: “Esta es también la verdadera naturaleza de nuestro sacerdocio. En realidad, todo lo que constituye nuestro ministerio no puede ser producto de nuestra capacidad personal”20.

Por ello el sacerdote debe procurar identificarse con Cristo en todo momento. “Realizarse como sacerdote significa estar plenamente unido a Cristo, identificarse con Él en el ministerio sacerdotal y en toda la conducta. Se trata de ser transparentes, para que los fieles vean al Maestro, al Redentor, sin sentirse atraídos a fijar su mirada en la persona del sacerdote”21. La unión con Cristo y la identificación con Él en la conducta personal es algo a lo que deben tender todos los bautizados, pero en el sacerdote hay una exigencia especial como consecuencia del sacramento del sacerdocio el cual supone una especial consagración con el Señor.

En consecuencia el sacerdote no cumple con su vocación solo cuando ejerce una acto ministerial, sino que en todo momento actúa como ministro de Cristo. En todas sus actuaciones, incluso en las más ordinarias y comunes, debe impregnar sus actos de su misión sacerdotal. “Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias de nosotros mismos (San Gregorio Magno, Dialog. 4, 59)”22.

Misión del sacerdote ante la nueva evangelización

En el actual contexto cultural e histórico se hace necesario fijar la función del sacerdote ante la necesidad de la nueva evangelización. Ya hemos visto una actuación del sacerdote que no debe hacer (sucumbir a la tentación de sustituir a los laicos en su papel y diluir su sacerdocio en la sociedad), pero aún debemos ver qué debe hacer.

Ante la inmensidad de la tarea que se le abre delante, el sacerdote puede experimentar la insuficiencia de sus fuerzas. Pero sin embargo debe recordar que lo que la Iglesia y la sociedad necesita es santidad. “hoy como ayer y como siempre, ante los desafíos de cada época, la pregunta ¿qué clase de sacerdotes necesitan hoy la Iglesia y el mundo?, tiene una respuesta que comienza necesariamente así: la Iglesia y el mundo necesitan sacerdotes santos, es decir, sacerdotes que, conocedores de su propia limitación y miseria, se esfuerzan decididamente por recorrer los caminos de la santidad, de la perfección de la caridad, de la identificación con Jesucristo, en correspondencia fiel a la gracia divina”23.

No es este el lugar para detallar las consecuencias para el sacerdote de la exigencia de la santidad. Se puede recordar lo ya dicho sobre la identificación del sacerdote con Cristo, pero podemos destacar que el sacerdote ha de ser alma de oración, ha de vivir la caridad sacerdotal con todos los que se acercan a su ministerio, ha de ser alma de eucaristía y debe acercarse con frecuencia al sacramento de la penitencia 24, entre otras manifestaciones.

La santidad de vida del sacerdote, además del efecto que tiene en la Iglesia por la comunión de los santos, también tiene efecto por el ejemplo. En efecto, “en la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii nuntiandi, 41)25.

Pero el sacerdote ha de ser santo en medio del mundo. En el contexto actual es necesario encontrar nuevas formas de evangelización. “La exigencia de una nueva evangelización hace apremiante la necesidad de encontrar un modo de ejercitar el ministerio sacerdotal que esté realmente en consonancia con la situación actual, que lo impregne de incisividad y lo haga apto para responder adecuadamente a las circunstancias en las que debe desarrollarse”26.

En primer lugar, se hace necesario fijar el objetivo de la evangelización en la sociedad contemporánea. Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes recordó que lo esencial es dar a conocer a Dios: “¿Qué es lo esencial? ¿Qué es preciso descubrir? ¿Qué quisiera dar? Aquí repito lo de siempre: lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no se descubre a Dios, nos quedamos siempre en las cosas secundarias. Por tanto, me parece fundamental que al menos se plantee la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Cómo podría vivir sin Dios? ¿Dios es en verdad una realidad importante para mí?27.

También hay que crear espacios de cercanía, donde comiencen a sentirse cómodos quienes vienen de lejos. “debemos abrirnos e intentar crear vestíbulos, es decir, espacios de cercanía. Uno que viene de lejos no puede inmediatamente entrar en la vida formada de una parroquia, que ya tiene sus costumbres. Para éste de momento todo es muy sorprendente, lejano a su vida. Por tanto debemos intentar crear, con ayuda de la Palabra, lo que la Iglesia antigua creó con los catecumenados: espacios en los que empezar a vivir la Palabra, a seguir la Palabra, a hacerla comprensible y realista, correspondiente a formas de experiencia real”28.

El sacerdote, además, debe estar cercano a los fieles. Refiriéndose a la problemática que se origina donde las parroquias son muy grandes, Benedicto XVI ha expresado que “el párroco, a pesar de las nuevas situaciones y las nuevas formas de responsabilidad, no debe perder la cercanía con la gente; debe ser realmente el pastor de esa grey que le ha encomendado el Señor. Hay situaciones diversas; pienso en los obispos que en sus diócesis afrontan situaciones muy distintas; deben tratar de lograr que el párroco siga siendo pastor y no se convierta en un burócrata sagrado. En cualquier caso, creo que la primera manera de estar cerca de las personas que nos han sido confiadas es precisamente la vida sacramental: en la Eucaristía estamos juntos y podemos y debemos encontrarnos. El sacramento de la Reconciliación es un encuentro personalísimo. También el Bautismo es un encuentro personal; y no sólo el momento de administrar el sacramento”29.

Es necesario también llegar a los modernos areópagos, como los llamó Juan Pablo II. Este Papa destacaba entre ellos el uso adecuado de los medios de comunicación, pero señalaba otros: “Existen otros muchos areópagos del mundo moderno hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio”30.

Entre los medios modernos de evangelización, el Papa ha expresado la conveniencia de que los sacerdotes usen los medios digitales para la evangelización: “se pide a los presbíteros la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas 'voces' surgidas en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis”31. Es ciertamente un campo en el que los presbíteros pueden hacerse presentes y hacer una labor verdaderamente sacerdotal. El Papa recuerda en el mismo discurso que “no hay que olvidar, sin embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo de Cristo, al que encontramos y escuchamos en la oración; al que anunciamos con la predicación y el testimonio de la vida; al que conocemos, amamos y celebramos en los sacramentos, sobre todo en el de la Santa Eucaristía y la Reconciliación”32.

También se hace necesario explicar adecuadamente el significado de las verdades de fe, expresándolas con lenguaje comprensible para el hombre de hoy. “Palabras grandes de la tradición -como sacrificio de expiación, redención del sacrificio de Cristo, pecado original- son hoy incomprensibles como tales. No podemos sencillamente trabajar con grandes fórmulas, verdaderas, pero sin contextualizar en el mundo de hoy. Debemos, a través del estudio y cuanto nos dicen los maestros de teología y nuestra experiencia personal con Dios, concretar, traducir estas grandes palabras, de forma que entren en el anuncio de Dios al hombre de hoy”33.

Sin olvidar que la formación del hombre debe llevar también a una formación cultural en que Dios tenga cabida. “Nosotros tenemos realmente una misión de formación cultural y humana profunda, que se abre a todas las riquezas de la cultura de nuestro tiempo, pero que dé el criterio, el discernimiento para probar lo que es cultura verdadera y lo que podría convertirse en anti-cultural”34.

Notas

1Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Nacional del Movimiento Eclesial de Acción Cultural (M.E.I.C.) de 16 de enero de 1982, 2 en Insegnamenti, V, 1 (1982) 131. También se puede recordar el Concilio Vaticano II: “la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles”: Const. Past. Gaudium et Spes, n. 58.

2Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, n. 54.

3Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes recordó que el interés contemporáneo por la conservación de la naturaleza ha servido para renovar la doctrina sobre el tratado de la Creación, y lo considera un posible camino para la nueva evangelización: “pienso que la sensación de que el mundo se nos está escapando porque somos nosotros mismos los que lo estamos expulsando y el sentirnos agobiados por los problemas de la creación, precisamente esto nos brinda una ocasión propicia para hablar públicamente de nuestra fe y hacer que se la considere como una instancia que propone”: Benedicto XVI, encuentro con sacerdotes y seminaristas de Bolzano-Bressanone, 6 de agosto de 2008, n. 4.

4La inmigración ha sido vista por Benedicto XVI como una oportunidad de evangelizar, no solo a los que llegan a países de tradición cristiana, sino también por la necesidad de dar razones de nuestra fe: “Vivimos en un encuentro permanente, que tal vez nos asemeja a la Iglesia antigua, donde se vivía la misma situación. Los cristianos eran una pequeñísima minoría, un grano de mostaza que comenzaba a crecer, rodeado de religiones y condiciones de vida muy diversas. Por consiguiente, debemos aprender nuevamente lo que vivieron los cristianos de las primeras generaciones. San Pedro, en su primera carta, en el capítulo tercero, dijo: 'Debéis estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza' (cf. 1 P 3, 15): Idem, encuentro con sacerdotes y seminaristas de Belluno-Feltre y Treviso, 24 de julio de 2007, n. 3. Cf. también Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, de 7 de diciembre de 1990, n. 37.

5Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, de 7 de diciembre de 1990, n. 33. En esta cita el Papa habla de la necesidad de revalidar el carácter misionero en la Iglesia.

6Mons. Álvaro del Portillo, sacerdotes para una nueva evangelización, n. 1, en Romana, Bolletino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, Roma, enero-junio de 1990, p. 86.

7Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 18.

8Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 3.

9“A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. (…) A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera, que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y Redentor”: Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 31.

10Juan Pablo II, Exhort. Ap. Christifideles laici, n. 15.

11Refiriéndose específicamente a la actividad política y sindical, la Congregación para el Clero afirma: “La reducción de su misión a tareas temporales puramente sociales o políticas, ajenas, en todo caso, a su propia identidad no es una conquista sino una gravísima pérdida para la fecundidad evangélica de la Iglesia entera”: Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31 de enero de 1994, n. 33

12San Josemaría Escrivá de Balaguer, homilía Sacerdote para la eternidad, en Amar a la Iglesia, eds. Palabra, n. 42.

13El Concilio Vaticano II recomendó a los sacerdotes “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”: Decr. Presbyterorum ordinis, n. 9. El Papa Benedicto XVI recordaba esta recomendación conciliar en la Carta para la Convocación de un año sacerdotal de 16 de junio de 2009.

14Así lo expresó el Papa hablando a sacerdotes: “No vivimos en la luna. Soy un hombre de este tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia experiencia e intento personalizar en mí estas realidades”: Benedicto XVI, Encuentro con los párrocos de la diócesis de Roma el jueves 26 de febrero de 2009, n.1.

15Ibidem, n.3.

16Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31 de enero de 1994, n. 69.

17Cf. Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, nn. 4, 5 y 6.

18Cf. Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 1.

19San Josemaría Escrivá de Balaguer, homilía Sacerdote para la eternidad, en Amar a la Iglesia, eds. Palabra, n. 38.

20Benedicto XVI, Discurso al clero de Roma, 13-V-2005

21Mons. Javier Echevarría, Identidad sacerdotal, piedad sacerdotal, conferencia pronunciada en Valencia el 5 de febrero de 2010 (consultada en opusdei.es el 2 de marzo de 2010)

22San Josemaría Escrivá de Balaguer, homilía Sacerdote para la eternidad, en Amar a la Iglesia, eds. Palabra, n. 39. También: los sacerdotes “han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien”: ibidem, 35.

23Mons. Álvaro del Portillo, sacerdotes para una nueva evangelización, n. 3, en Romana, Bolletino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, Roma, enero-junio de 1990, p. 90.

24Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31 de enero de 1994, nn. 38-53, que detalla las exigencias de la santidad para el sacerdote en el contexto de la nueva evangelización. En el n. 39 este documento propone el siguiente plan de vida para el presbítero: “es necesario que el sacerdote organice su vida de oración de modo que incluya: la celebración diaria de la eucaristía con una adecuada preparación y acción de gracias; la confesión frecuente y la dirección espiritual ya practicada en el Seminario; la celebración íntegra y fervorosa de la liturgia de las horas, obligación cotidiana; el examen de conciencia; la oración mental propiamente dicha; la lectio divina; Los ratos prolongados de silencio y de diálogo, sobre todo, en ejercicios y retiros espirituales periódicos; las preciosas expresiones de devoción mariana como el Rosario; el Via Crucis y otros ejercicios piadosos; la provechosa lectura hagiográfica”.

25Benedicto XVI, Carta para la Convocación de un año sacerdotal de 16 de junio de 2009. El presbítero también necesita modelos de vida sacerdotal: el Romano Pontífice ha propuesto para el año sacerdotal la figura de San Juan María Vianney, Cura de Ars.

26Congregación para el Clero, Carta circular El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, ante el tercer milenio cristiano, 19 de marzo de 1999, n. 2

27Benedicto XVI, Encuentro con el clero de la diócesis de Roma el 7 de febrero de 2008, 8ª respuesta. En la misma respuesta el Papa recordó la importancia de una respuesta ética por parte de las personas a las que se dirigen los sacerdotes, como preambula fidei o paso previo al conocimiento de Dios.

28Idem, Encuentro con párrocos de la diócesis de Roma el jueves 26 de febrero de 2009, 2. En el Discurso a la Curia Romana de 21 de diciembre de 2009 el Papa habló de la necesidad de abrirse a algo así como un patio de los gentiles, un espacio previo al santuario en el que se adora a Dios.

30Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, de 7 de diciembre de 1990, n. 37, c).

32Ibidem.

34Ibidem, 3. Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, de 7 de diciembre de 1990, n. 37, c).

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