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Vida Sacerdotal - Vocación en la época actual

No fue una luz cegadora venida del cielo ni una voz grave y solemne que los despertó en la madrugada. El llamado irrumpió en el interior de cada uno de forma silenciosa, como una incómoda y persistente duda: ¿qué es lo que quiere Dios de mí? Y la respuesta tardó en imponerse.

En esta época de consumo frenético y de religión a medida, ¿cómo es que un hombre se plantea ser sacerdote? ¿Cómo es que nace esta vocación? Para algunos, los deseos surgieron luego de experimentar un viaje de misión donde se pusieron al servicio de los demás. Otros encontraron la inspiración en figuras ejemplares, en sus huellas carismáticas y nobles. También están quienes se sintieron atraídos por la vida en comunidad.

 

Ante una multitud de seis mil seminaristas y novicias en Roma, en julio pasado, el papa Francisco explicó: Convertirse en cura o en monja no es una decisión que dependa enteramente de uno. No confío en un seminarista o en una novicia que dice yo elijo este camino. No me gusta. No va. Esto es la respuesta a un llamado, a un llamado de amor. Es algo que se siente adentro. Algo que me inquieta y yo respondo sí.

El padre Fernando Lobo recogió los testimonios y las vocaciones sacerdotales de diez curas dedicados a distintas misiones pastorales en la Argentina en su libro Tú eres mi prójimo. Observa: Lo primero que uno hace es negar el llamado. Uno ni siquiera se imagina cura. Es algo a lo que uno le escapa. Pero como dice la frase: cuando Dios te quiere, te sigue, te persigue y te consigue.

Monseñor Jorge Casaretto describe aquella época de duda sobre su vocación como angustiante. A sus 21 años tenía todo: facultad, amigos, deporte, mujeres. Estudiaba Ingeniería y tenía una vida cristiana muy plena. En un retiro espiritual se me plantó este gran interrogante: si Dios me llamara para ser sacerdote, ¿qué le contestaría? Lo viví con mucha angustia. Terminé el retiro y me quedé con esa inquietud. A mí me iba muy bien, el ministerio me complicaba bastante la vida. Un año después, la inquietud persistía. Ese era el signo de que había un llamado. La angustia se evaporó al tercer mes en el seminario. Me invadió una gran paz interior. Nunca más tuve dudas. Cada uno tiene un llamado distinto, y nace de una gran convicción interior, de que tu vida no podría ser feliz de otra manera.

Iglesia de la Santa Cruz. Buenos Aires (Argentina)Las diferencias en el llamado vocacional son tantas como las personas, plantea el padre Alejandro Giorgi, rector del Seminario Metropolitano de Buenos Aires. Alguno puede llegar al seminario desde una familia totalmente indiferente a la religión; otro puede decidir ser sacerdote después de una vida alejada de Dios. La mayoría teníamos otros proyectos: formar una familia, tener hijos, ejercer una profesión. Muchos hemos comenzado carreras universitarias. Algunos somos profesionales. Unos vienen de colegios estatales, otros de colegios religiosos. No existe un patrón. Dios llama en todo lugar, en cualquier momento y circunstancia vital. El responsable de la formación espiritual de los jóvenes que ingresan al seminario porteño agrega: Cada vez que un muchacho me cuenta su camino vocacional percibo precisamente eso: un camino. Con gente que te alienta, te acompaña y con gente que te dice que estás totalmente loco.

Un hombre debe recorrer una larga trayectoria hasta convertirse en sacerdote. El primer paso es el ingreso al seminario, que consiste en ocho años de estudios preparatorios. Entonces, lo primero que se fijan los formadores es en el equilibrio psicológico, que el deseo no provenga de una fantasía o que se trate de un escapismo. A su vez -agrega Casaretto- el llamado es doble. Te llama al ministerio y al celibato. Si vos no podés cumplir el celibato, no estás llamado al ministerio porque en la Iglesia ambos están unidos. Esta es la parte más costosa: pensar que no vas a poder tener hijos ni tener una mujer.

Existen distintos tipos de curas: los religiosos, como los franciscanos, dominicos, salesianos, jesuitas, entre los más conocidos, y los diocesanos. Los primeros se unen a Dios a partir de tres votos: pobreza, castidad y obediencia, y en muchos casos existe un cuarto voto que varía según a la familia religiosa. Los diocesanos, en cambio, prometen obediencia y mantener el celibato en el momento de ser nombrados diáconos y, luego, están regidos por los consejos evangélicos que aspiran a la pobreza, castidad y obediencia.

En el mundo de hoy hay 412.236 sacerdotes, según las últimas estadísticas de la Iglesia Católica que publica Fides, la agencia del Vaticano. El año pasado se ordenaron 53 curas en la Argentina, dentro de la organización diocesana, según precisan desde el Seminario de Buenos Aires. En la última década, 2005 fue el año récord (88) y 2010 el de menos casos (33). Estos números no incluyen a las más de cien órdenes religiosas que hay en el país, porque no existe un registro unificado, señalan desde la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA). Recién el año que viene se podrá constatar si el fervor religioso que se vive este año a partir de la designación de Jorge Bergoglio, el papa argentino, se concreta en un aumento de ingresantes al seminario.

En las siguientes páginas, las historias de cuatro jóvenes que creían que lo tenían todo cuando sintieron el llamado. La respuesta, un sí inmenso, apasionado e inevitable, les cambió rotundamente la vida.

Un momento clave

En el ómnibus de larga distancia todos los pasajeros dormían excepto él, que recibía cada pensamiento como un disparo en la cabeza. No le había resultado fácil decidirlo. Los casi siete años que llevaba de cura más los otros siete del seminario representaban en total poco menos que la mitad de su vida. Tenía 32. No estaba deprimido ni enojado con la Iglesia. No renegaba de nada. Sólo creía ver que su camino era otro. Tenía el consentimiento y la autorización del arzobispo de Buenos Aires. Lo había hablado también con su director espiritual, con su párroco y con sus hermanos. Sólo no había podido decírselo a sus padres. Sabía que sería otro golpe duro, sobre todo para Mary, a la que le había costado tanto aceptar que se hiciera sacerdote. Se iba a Córdoba. Necesitaba estar solo. Rezar y pensar. Pensar y rezar. Estuvo poco más de una semana durante la que repasó todo lo que había hecho hasta ese momento. Revisando el pasado se daba cuenta de que la decisión de dejar el ministerio sacerdotal no estaba atada a una persona en especial, aun cuando admitía la atracción que ejercía sobre él una mujer a la que había conocido tiempo antes, ni con lo que se hacía o dejaba de hacer en la parroquia donde estaba, sino que tenía que ver con algo que llevaba consigo desde siempre.

Este extracto resulta una atractiva puerta de entrada a Pepe. El cura de la villa (Sudamericana), libro que la periodista Silvina Premat, autora también de Curas villeros, publicó recientemente a modo de retrato de José María Di Paola. El capítulo dedicado a la vocación es tan emotivo como revelador.

Nicolás Angelotti: Yo me puedo ir, ellos no

Cura villero. Vive en la 1 11 14, de Flores. Se ordenó hace un año y medio

En la villa 1 11 14 la palabra no alcanza. Los tres curas que trabajan ahí ponen sus cuerpos para servir, escuchar, estar y hacer. El más joven del equipo, Nicolás Angellotti o el Tano, más habituado a estos quehaceres, se queda mudo ante muchas preguntas que requieren que hable de sí mismo. No estoy acostumbrado. No me gustan estas cosas, dice.

Ya nos advierte la mujer de pelo rojo fuego que nos guía hacia él un lunes a la mañana por las calles de la villa del Bajo Flores, por donde husmean una decena de perros flacos. ¿Con el Tano vas a hablar? ¡Qué raro! El nunca habla con la prensa.

Otro anticipo llega de boca de una persona dedicada al trabajo social en las villas de emergencia de Buenos Aires hace más de siete años. Es el pibe que más cosas está haciendo hoy en la villa. Es impresionante. No para. No sé cómo se llama. Le dicen el Tano. Y tiene mucha facha, ¿eh?

El Tano tiene 28 años y facciones delicadas que contrastan con la rusticidad del cuartito donde transcurre esta entrevista. Ojos verdes, sonrisa blanca y suficiente abrigo para pelearle al frío, aquí más húmedo y agresivo por los techos de chapa y las calles agujereadas de charcos.

Es cierto. Es de pocas palabras. Apoya un adoquín en el suelo para cerrar la puerta y libera frases cortas que concluye con un movimiento de manos. Pero a veces ni esas manos que no se quedan quietas lo ayudan a describirse. No sé. No puedo.

Acto seguido, extiende dos copias de El diario de la Virgen, que se imprime en la villa. Quizá por las obras te puedas llevar algo más concreto.

Al Tano le gusta lo concreto: inaugurar una capilla, construir un hogar. Tiene que ver con la fecundidad. Hasta debe tener que ver con el celibato. Uno está llamado a dejar una obra, entiende este integrante del Equipo de Sacerdotes para la Villas de Emergencia, también llamado curas villeros, que trabaja desde los asentamientos de la ciudad. Esta red está formada por 22 sacerdotes que eligen vivir en las villas de la ciudad de Buenos Aires para acompañar y, si es posible, alejar a los jóvenes de la droga, y lograr su reinserción social. Al principio eran la mitad, pero a pedido del entonces arzobispo de Buenos Aires, hoy papa Francisco, el grupo fue creciendo.

Tanito: la riqueza de los pobres está en la grandeza de los curas villeros que entregan su vida por el pueblo, por eso tu casa en el bajo siempre estará, se leía en el cartel que sostenían los vecinos que asistieron a su ordenación como cura hace un año largo.

Nicolás Angellotti nació en una familia de clase media y tenía 17 años cuando conoció al padre José María Pepe Di Paola. Estaba en quinto año del colegio y quedó impresionado. Tanto que al poco tiempo lo siguió para trabajar como voluntario en la villa 21 de Barracas. Lo vio levantando a un chico de la calle, probando la sopa del comedor, celebrando una misa. Activo, carismático, trabajador y líder, Pepe se convirtió en un ideal a seguir.

Su testimonio fue muy fuerte. Empecé a trabajar en la parroquia de Caacupé y quise ser cura. Ahí nació el deseo: en la cancha. Él me invitó a hacer la experiencia de la vida en la parroquia, una vida comunitaria y con mucho trabajo. Ahí me di cuenta. Me hacía feliz.

Nacido y criado entre Palermo y Villa Crespo, fanático del fútbol y de la vida al aire libre, el Tano, que se había anotado para hacer el profesorado de educación física, nunca pensó en ser cura hasta ese momento. Eso era imposible. De chicos éramos muy revoltosos. Creo que si no hubiera encontrado a Jesús detrás del dolor hubiera terminado en cualquier cosa. Y sigue repasando su adolescencia: En la secundaria tuve novia, todo. Pero el planteo de ella era que yo estaba todo el día en la parroquia. Ser cura te consume todo el corazón. No hay lugar para otra cosa. Dios te agranda el corazón para aguantar el dolor, para dar más a más gente.

Nicolás no va a ayudar a los pobres a la villa. Es un vecino que comparte la vida completa en la 1 11 14; los días de sol, la desgracia que toque. Somos hermanos en el mismo nivel. Desde chico mi familia me fue inculcando eso de estar cerca del que sufre. Lo más lindo que tiene un cura es el cariño frente al dolor. Somos familia. No los miramos desde la vereda de enfrente, dice el Tano, que antes trabajó en la 21 de Barracas, en la villa Misericordia de Mataderos y en la 20 de Lugano.

Sus días empiezan temprano con un recorrido por las ranchadas, donde están los chicos fumando paco. Se sale con un pan y con un rosario para los que están en los pasillos consumiendo, explica su tarea incansable en el centro de recuperación de adictos Hogar de Cristo, donde asisten a más de 500 chicos. Después, en algún momento, ese pibe quiere salir, porque a nadie le gusta vivir en la calle, y tenemos un lugar. Ahí van y duermen, se encuentran con una mínima estructura: una toalla, un cepillo de dientes. Así levantan el valor propio de la vida. Hay que sacarlos de la marginación.

Durante el encuentro con la Revista, al Tano lo buscan tres veces. Golpean la puerta y piden hablar con él. Y las tres veces se para en el acto y sale. Estoy gastando la vida en cosas que valen la pena. Lo que se descubre con la vocación de cura es que uno puede tirar toda la carne al asador. No hay desperdicio.

La noticia de la asunción del papa Francisco lo sorprendió acompañando a una mujer, ex adicta y en recuperación, y a sus tres hijos, a quienes les habían tomado la casa. Ese día, cuenta, la villa era una fiesta. A mí el Papa me lavó los pies, comió mi chipá, tomó mi mate, me bendijo la casa, decían acá. La gente lo siente como el papa de los villeros. Creo que ahora con Francisco hay una levantada de vocaciones y para mí ser cura es lo más grande que hay, se enorgullece el Tano y, luego, cita una oración del padre Mugica, otra figura que sembró en él las ganas de ser cura: Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.

Javier Mollano: un villero que se hizo cura

Nació en un asentamiento de Beccar. Fue albañil, verdulero, seguridad. Es sacerdote hace dos años y medio

En el barrio donde se crió Javier Mollano, que es cura hace dos años y medio, no había capilla. Dice que se acuerda de todo: de cómo en su casa el agua le subía hasta la cintura cuando llovía, del galpón donde cursó primer, segundo y tercer grado, de cómo muchas veces quedaba a cargo de sus tres hermanos cuando su mamá se iba a limpiar en casas de familia y su papá salía temprano a trabajar como albañil.

Javier nació en una villa en Beccar hace 38 años, en el barrio San Cayetano, un asentamiento que se formó con personas venidas desde el interior: chaqueños, correntinos, tucumanos y santiagueños. Uno se puede transformar. Los villeros se tienen que sacar la etiqueta de pibes chorros. Siempre digo que no soy un cura villero, sino un villero que es cura, define.

Tenía 10 años cuando unos seminaristas fueron de visita a La Sanca (como le dicen ahora a la villa). Me llamó la atención cómo se acercaban a la gente. Ahí comenzó la curiosidad por las cosas de Dios. Me duró nada, porque no tenía un entorno que alentara esta idea, reconoce, sentado en un pequeño cuarto a pocos metros de la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Virreyes, donde es vicario del párroco. Estoy muy agradecido a mis padres porque en las carencias que vivimos me enseñaron el valor del estudio y del trabajo. En mi casa no eran practicantes, pero con sus acciones me enseñaron sobre la solidaridad. Siempre había lugar para que alguien más se sentara a la mesa.

A los 13 empezó a trabajar. Hizo de todo. Fue ayudante de albañil, atendió una verdulería, un supermercado. A los 15 salía a bailar todos los fines de semana. Y a los 17 se anotó en el secundario de noche. Quería hacer algo distinto. Cuando me veían ir a la escuela nocturna con la carpetita abajo del brazo, mis amigos del barrio me gastaban. Entonces, daba la vuelta y salía por la otra cuadra para que no me vieran.

Mientras tanto seguía trabajando de día. Cumplía diez horas en una estación de servicio y, a la noche, a la escuela. Haber terminado el secundario con mi propio esfuerzo me hizo valorar un montón de cosas. Me abrió la cabeza. Pude salir de esta filosofía del barrio: nacés así, morís así.

Luego vinieron los siete años como empleado de seguridad en una fábrica de helados. En esas jornadas maratónicas comenzó a sentir que faltaba algo. Tenía un vacío en el corazón y no entendía qué me pasaba. Mis amigos empezaron a formar familia y yo me lo planteaba: tenía trabajo y novia, 28 años ya, pero no me cerraba. Mi búsqueda de plenitud estaba en otro lado.

Un día invitó a un cura a tomar unos mates a su casa. En esa visita sentí algo en el corazón muy fuerte. Algo se despertó. Pero no se puede explicar, es misterioso. Sentí deseos de Dios. Durante dos años charlé con este sacerdote y después hice un encuentro para discernir mi vocación.

En el caso de Javier, la vocación -que nace de distintas maneras- surgió por la vida en comunidad. Lo que más feliz me hace es acompañar a las personas en situaciones de dolor por el bien que siento que el otro está recibiendo.

El 11 de agosto de 2001, en un retiro en Bella Vista, sintió el llamado a ser cura. Le preguntó a Jesús mientras rezaba qué es lo que quería de él. Me estremecí y la respuesta fue una paz y un gozo muy profundo en el corazón. Dios me quiere feliz como cura, pensé.

Sus amigos no se lo esperaban. En dos meses te vemos por acá, le decían. Su mamá no le habló durante tres días. Era el mayor. El que le iba a dar nietos.

La vida del sacerdote exige ciertas renuncias, y para Javier son renuncias que uno debe hacer constantemente. A todos nos surge en algún momento de nuestras vidas el deseo de formar una familia. Dos de mis hermanos fueron papás con una diferencia de un mes. Y yo los miraba y pensaba: ¡qué lindo! Uno también renuncia a la independencia económica y no es fácil. Aun poniendo ambas cosas en la balanza sigo pensando que soy feliz con lo que soy.

Todos los amigos del barrio fueron a su ordenación. Che, hablemos cosas de Dios, me piden ahora cuando voy, se alegra Javier, que celebra misa todos los días en la parroquia o en alguno de los seis centros que tiene cerca.

Una de las cosas que más me motiva es ayudar a que cada hermano pueda descubrir sus potencialidades. Esto desde mi propia experiencia de vida y de camino de fe. Quiero que también en medio de las contrariedades de la vida puedan sentir la presencia amorosa de Dios que los sostiene y anima a seguir hacia adelante.

Gabriel Mora: un llamado desde el interior

Párroco en Las Lajas, Neuquén. Visita a mapuches, puesteros, escuelas rurales

Hay nieve, hay barro, hay hielo y son muchos los kilómetros por recorrer en soledad arriba de su camioneta, pero Gabriel Mora, el párroco de 35 años instalado en la localidad de Las Lajas, a 234 kilómetros de la capital de Neuquén, lo hace todos los días. Visita a los mapuches, a los puesteros, a las capillitas en los campos, a las escuelas rurales. Dice que ahí, donde la gente vive de la cría cerdos, de chivos, de la cosecha de manzana y poco más lo esperan para consultarlo sobre todo tipo de cuestiones. Ahí la palabra del cura es importante.

Su jornada empieza cuando arranca el motor para viajar por la zona cordillerana en dirección a una de las diez comunidades que acompaña, la mayoría a más de 60 kilómetros entre sí, en Bajada del Agrio, Quili Malal, Mariano Moreno, Pilmatué, Quintuco, Agrio del Medio, Villa del Agrio, Bajada Vieja, Pampa del Salado y, donde hace pie, Las Lajas.

Gabriel conoce bien la zona. Se crió no muy lejos, en un barrio al oeste de Neuquén llamado Villa Ceferino. Junto a otros chicos de la zona jugaba al fútbol en la calle hasta que los adultos, la mayoría albañiles, llegaban de trabajar. Él, que se describe como un chico tímido en su adolescencia, iba a la escuela, pero también trabajaba de canillita para ayudar en su casa.

A Villa Ceferino el sacerdote llegaba con suerte cada quince días, si no una vez al mes. Nos juntábamos en casas de familia todos los fines de semana con un vecino que había hecho el curso de celebrador de la palabra de Dios. En una época nos prestaban un aula en la escuelita del barrio. El barrio y la comunidad me fueron enamorando de Jesús, dice Gabriel sobre la razón que empujó a convertirse en sacerdote.

Habla de amor, de enamorarse. ¿Cómo se puede estar enamorado de algo abstracto, de un ente? , le preguntaron alguna vez. Y fue muy difícil responder qué es lo que lo enamoró. Es complicado ponerlo en palabras. Pero lo que sí puede es detallar el momento en que la idea de ser cura se instaló en su corazón. Tenía 18 años y se fue con un grupo a misionar a la región de Zapala, cerca del cerro Michacheo. Arrancás hablando sobre cómo está el tiempo y luego empiezan a contarte de sus vidas. En el encuentro con esas personas, en el barrio, encontré a Dios. Me acuerdo, entre otros, de un hombre que estaba criando a cinco hijos solo. Y eran todos chiquitos. Ahí sentí el llamado. Me di cuenta de que quería hacer eso siempre. Salir al encuentro y luego celebrar misa.

Sin embargo, no fue instantáneo. Pasaron cinco años hasta que lo pudo hacer. Gabriel había terminado la escuela, tenía que elegir una carrera y optó por servicio social. Iba a las zonas más precarias del oeste de Neuquén. Pero sentía un vacío. No me llenaba. Por otro lado sentía miedo de hablar con un sacerdote para confiarle sus ganas de ser cura. Como en Neuquén faltan sacerdotes pensaba que me iban a meter inmediatamente. A ver si me enganchan, se ríe.

Con esta duda bailando en su interior, poco tiempo después se anotó para hacer un retiro de discernimiento vocacional. Fue ahí que cayó en sus manos el texto que lo animaría a dar el paso, Sabiduría de un pobre, la biografía de San Francisco de Asís, escrita por el franciscano Eloi Leclerc.

Me impactó cuando habla de la pureza del corazón, que no es ser perfecto ni no tener nada que reprocharse, sino que se trata de entregarse a Dios. Para Gabriel, que hace tres años es cura, la clave es saber escuchar. La persona con la que estoy hablando es lo más importante. Le doy toda mi atención en ese momento. Me gusta apostar por lo pequeño, por lo que parece insignificante.

Sobre el papa Francisco no tiene más que elogios: Es una persona con gestos de humildad. Aporta sencillez, cercanía. Una iglesia pobre para los pobres, ¿ojalá, no?

Juan Manuel Ortiz de Rozas: casi médico, todo cura

Se crió en San Isidro. Fue a la facultad, tuvo novia, pero misionar le cambió la vida.

Hoy recorre Boulogne en bici para estar cerca de los vecinos

Hoy lleva suelto el clergy, el cuellito blanco que distingue a los curas del resto de los hombres en camisa. Generalmente ni lo usa. No hace falta. En el barrio ya lo conocen. Juan Manuel Ortiz de Rozas, 34 años, ojos pardos y pelo revuelto, pregunta dos veces si el agua para el mate está bien. Y va directo a lo esencial: lo esencial para él es el servicio.

Antes, mucho antes de sentarse mate en mano a escuchar a la gente en un cuarto de menos de dos por dos, a un costado de la parroquia de Santa María del Camino, a Juan Manuel le pasaban teléfonos de futuras candidatas. Y antes, mucho antes, de subirse a la bicicleta para recorrer el Bajo Boulogne y estar a tiro de las necesidades de los vecinos, era un estudiante de medicina en el cuarto año de la carrera.

A los 20, el único hijo varón entre cuatro hermanas mujeres, descendiente directo de Juan Manuel de Rosas, estaba soltero. Acababa de terminar un noviazgo de año y medio. Antes de empezar a salir con otras chicas quería definir algo más hondo en mi vida. Porque lo que tenía en el corazón era otra cosa. La experiencia de misionar me había cambiado la vida. La primera vez fui a Baradero. Tenía 16 años y estaba en el colegio. Luego, a San Martín de los Andes y, después, a Catamarca. Me impactó eso de estar las 24 horas al servicio del otro, la experiencia de grupo y la relación con Dios. Me di cuenta de que quería servir a la gente y también servir a Dios.

La experiencia de fe en la misión se hacía cada vez más grande y le daba más y más alegría. Ahí fue que le confió a un cura estas sensaciones y ahí fue también que le soltaron la pregunta que ordenaría todo: ¿cuánto espacio querés que ocupe esta alegría en tu vida?

Buenas... ¿Cómo va?, saluda a los chicos y madres que se le acercan a la entrada de la parroquia sobre la calle Irigoyen 2200. Despacha una palmada para uno, una sonrisa para otro.

Juan Manuel se crió en La Horqueta, un barrio elegante de San Isidro. Fue a un colegio privado y tradicional de la zona, San Juan El Precursor, y estaba finalizando una carrera (también tradicional) en la Universidad Austral cuando anunció lo que ni sus amigos ni sus padres esperaban: que quería ser cura.

Mis amigos no sé si se la veían venir, tal vez porque tenía buena relación con las chicas. No es éste el caso del que le cuesta... Yo estaba de novio, salía, tenía en mi vida de todo: deporte, facultad. Me iba muy bien. Pero algo no me cerraba.

Otra pregunta que lo inspiró a tomar la decisión: ¿dónde está el centro? De nuevo la duda. El centro, su centro, estaba en otro lado. A los 22 entró en el seminario de San Isidro y cuenta que los primeros días fueron difíciles. Tuve una crisis muy fuerte por el cambio de vida. Me encomendé a Dios y él se hizo cargo. Al momento de entrar en el seminario no pensé en el sacrificio, sino en la alegría que me daba mi relación con Jesús. Esto me fue tomando todo. Ser fiel a una opción permanente requiere sacrificios.

Al principio le costó cambiar la forma de relacionarse con sus amigos. Ellos se juntaban y yo no podía estar, sobre todo el primer año del seminario, cuando uno está más encerrado, explica Juan Manuel, que en esos días escuchaba a los Guns N' Roses y Mötley Crüe.

Ahora vive a cinco cuadras de la parroquia junto a un cura de 63 años y le gusta dar vueltas por el barrio, siempre en bici. Así te ponés a tiro con la gente. Uno va enterándose y arreglando muchas cosas del barrio mientras va en bicicleta. Es una herramienta.

A la pregunta obligada por las renuncias que implica la vida de sacerdote, responde: No es que uno elige la renuncia a tener una familia y a una relación con una mujer, pero cuando la opción es ésta y uno la elige, la renuncia es bien clarita. Son renuncias porque uno es hombre con todas las letras y extraña el cariño y el abrazo de una mujer, pero hay tantos otros reconocimientos y tanto cariño. Desde Jesús, estas renuncias tienen sentido y llenan la vida.

Hace cuatro años que es sacerdote. Sus días y tardes se dividen entre el grupo de abuelos de la comunidad parroquial, la murga del barrio, la catequesis en el jardín de infantes, el fútbol con los chicos de la villa Santa Ana y la red de escuelas del Bajo Boulogne. Para este cura de mirada franca y gesto amigable, ser sacerdote es acercar la amistad de Jesús.

Lo que más disfruta son los espacios de frontera. Así llama al contacto que establece con personas ajenas a la comunidad parroquial. Por ejemplo, cuando fuimos a hablar con la gente que se había instalado debajo del puente del Buen Ayre. Lo mismo cuando organizamos partidos de fútbol con los chicos de villa Jardín y del Bajo Boulogne. El fútbol es otra herramienta para acercar la amistad de Jesús a los chicos.

El hecho de que Bergoglio sea ahora Francisco confirma una línea y un estilo de cura y de iglesia que me encanta y con la que me siento muy identificado. Tiene que ver con la cercanía, con la escucha, con el compromiso, concluye.

Fuente: Revista La Nación, suplemente del diario La Nación, Buenos Aires 22 de septiembre de 2013

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