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Vida Sacerdotal - Pastoral en la calle

«Estuvimos allí...»

Ambulancias transformadas en confesionarios, donde muchas personas hallan el modo de reconciliarse con Dios; hombres y mujeres que, frente al más grave acto terrorista de la Historia, reencuentran la fe en Dios. Las cenizas todavía humeantes de los rascacielos mientras, a pocos metros, sobre un altar improvisado, se celebra la Eucaristía. La asistencia espiritual a jóvenes viudas y a niños huérfanos, no como expertos en manejar situaciones traumáticas, sino como instrumentos de Dios. Y todo, con una convicción absoluta: allí, en aquel lugar tremendo, un nuevo Calvario, Cristo resplandecía entre las tinieblas.

 

A cinco años de distancia del atentado contra las Torres Gemelas, diecisiete sacerdotes que vivieron de cerca el drama de aquellos días han puesto por escrito sus recuerdos y emociones en aquellos momentos. El resultado: 11th september 2001. We were there… (11 de septiembre. Estuvimos allí…), un intenso y desgarrador volumen editado por la Conferencia Episcopal de Estados Unidos. Se trata del reconocimiento a posteriori del valor religioso de «una vivencia que –en palabras del jesuita James Martin, subdirector de la revista America– ha sido la más profunda experiencia de la presencia de la gracia que yo haya vivido jamás. Si alguien duda de la presencia del mal en el mundo, que vaya a la Zona Cero. Y si alguno piensa que no existe la gracia, que vaya también allí».

El propósito de este libro es también un homenaje a la primera víctima reconocida de la barbarie: el padre Mychael Judge, capellán de los bomberos de Nueva York, que fue de los primeros en acercarse al lugar del desastre para asistir espiritualmente a los heridos. «Llevamos su cuerpo a una iglesia cercana –cuenta el padre Kevin M. Smith, capellán de los bomberos del cercano condado de Nassau– y lo pusimos sobre al altar. Poco después, nos fue ordenado evacuar la zona. Un médico se acercó a constatar su muerte y extendió su certificado de defunción, en el que se podía leer Primer fallecido». De este modo, un sacerdote católico fue clasificado como la primera víctima del 11-S; tiempo después, su casco de bombero fue entregado al Papa Juan Pablo II.

La ciudad de la compasión

Quizá por el absurdo de un ataque de tamaña maldad, que aterrorizó al planeta entero, los sacerdotes (visibles por su traje religioso entre los numerosos médicos, heridos, voluntarios…) se convirtieron para muchos en una válvula de escape, el ancla a la que agarrarse frente al drama que estaba sucediendo.

Mientras se encontraba en la Quinta Avenida, en medio de un ir y venir de voluntarios y agentes de las fuerzas de seguridad, un policía se acercó al padre John Kozar para pedirle: «Padre, díganos lo que sea, díganos qué sentido tiene todo esto». Poco después, por la calle, dos adolescentes le preguntaron si podía confesarles.

No menos duras fueron las jornadas siguientes, cuando numerosos presbíteros acompañaron a las familias de todos aquellos cuyos cuerpos no fueron nunca rescatados. El padre Emile Frische, por ejemplo, se acercó a las familias de cerca de 700 empleados de Cantor Fitzgerald que perecieron en el atentado: «Por indicación del arzobispo, me acerqué al hotel en el que esperaban las familias; uno de los presentes me pidió dirigir una oración; recitamos el salmo 23 y rezamos por la paz. Entendí que Dios estaba con nosotros en ese momento».

Otras experiencias fueron más dramáticas. El padre Joseph McCaffrey asistió a las familias del vuelo United 93, el que se precipitó en Pennsylvania, y pudo escuchar las últimas llamadas telefónicas de aquellos desafortunados condenados a muerte: «Gracias a aquella experiencia nacieron estrechos lazos de amistad, y me di cuenta del poder de Dios, que muestra su magnificencia siendo capaz de sacar un bien inmenso de un mal horrible».

Leyendo los relatos de los sacerdotes que ejercieron su labor el 11-S, emerge, de manera límpida, un hecho: en aquellos días de un dolor absurdo, de parte de las familias de las víctimas no nacieron gritos de venganza ni una espasmódica búsqueda de culpables. «En cambio –observa el padre James P. Nieckarz–, lo que más me llamó la atención fue la intensidad con que médicos, policías y bomberos prestaron su trabajo. Asimismo, multitud de ciudadanos corrientes mostraron una gentileza y una generosidad extraordinarias. Nueva York, la ciudad que era conocida por ser frenética e inconstante, se convirtió en la ciudad de la compasión».

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