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Vida Sacerdotal - Noticias de 2004

La Santa Sede publicó, el pasado 14 de mayo, una Instrucción en la que ofrece la respuesta cristiana al nuevo desafío que plantea la emigración en tiempos de globalización. El texto ofrece dos claves fundamentales: el amor a todo emigrante y la necesidad de respetar los derechos fundamentales, tanto de quienes acogen como de quienes son acogidos.

El documento publicado por la Santa Sede sobre la emigración, que tiene por título Erga Migrantes Caritas Christi (La caridad de Cristo hacia los emigrantes), ha sido redactado por el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, cuyo Presidente es el cardenal japonés Stephen Fumio Hamao.

El documento, que se compone de 104 párrafos y que concluye con un Ordenamiento jurídico-pastoral de 22 artículos, orienta a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos para superar miedos injustificados.

«El cristiano contempla en el extranjero, más que al prójimo, el rostro mismo de Cristo, nacido en un pesebre y que, como extranjero, huye a Egipto, asumiendo y compendiando en sí mismo esta fundamental experiencia de su pueblo», afirma la Instrucción, y añade: «María, la Madre de Jesús, siguiendo esta línea de consideraciones, se puede contemplar también como icono viviente de la mujer emigrante. Da a luz a su hijo lejos de casa y se ve obligada a huir a Egipto. La devoción popular considera justamente a María como Virgen del camino».

El texto presenta también advertencias llamadas a garantizar una auténtica integración de los emigrantes y las exigencias fundamentales de las comunidades de acogida.

El número 61 establece que, «por respeto a los propios lugares sagrados y también a la religión del otro, no estimamos oportuno que los espacios que pertenecen a los católicos –iglesias, capillas, lugares de culto, locales reservados a las actividades específicas de evangelización y de pastoral– se pongan a la disposición de las personas pertenecientes a religiones no cristianas, ni mucho menos que sean utilizados para obtener la aprobación de reivindicaciones dirigidas a las autoridades públicas».

«En cambio, los espacios de carácter social -para el tiempo libre, el recreo y otros momentos de socialización- podrían y deberían permanecer abiertos a las personas pertenecientes a otras religiones, dentro del respeto de las normas que se siguen en dichos espacios».

El documento constata el gran número de emigrantes musulmanes que se da en estos momentos, lo que considera (en el número 65) una oportunidad para vivir «la actitud evangélica que se ha de asumir, e invita a purificar la memoria de las incomprensiones del pasado, a cultivar los valores comunes, y a definir y respetar las diversidades sin renunciar a los principios cristianos».

Tras señalar valores positivos del Islam, el documento afronta la cuestión del respeto de los derechos humanos, y afirma: «Aspiramos, por tanto, a que se produzca en nuestros hermanos y hermanas musulmanes una creciente toma de conciencia sobre el carácter imprescindible del ejercicio de las libertades fundamentales, de los derechos inviolables de la persona, de la igual dignidad de la mujer y del hombre, del principio democrático en el gobierno de la sociedad y de la correcta laicidad del Estado. Habrá, asimismo, que llegar a una armonía entre la visión de fe y la justa autonomía de la creación».

El documento desaconseja (en el número 63) el matrimonio entre católicos e inmigrantes no cristianos, «aunque con distintos grados de intensidad, según la religión de cada cual, con excepción de casos especiales».

En el número 67 afronta la cuestión del matrimonio entre una mujer católica con un musulmán. «Debido también a los resultados de amargas experiencias –considera–, habrá que realizar una preparación muy esmerada y profunda». Pide, además, «el apoyo de la comunidad católica, antes y después del matrimonio», para «la parte menos tutelada de la familia musulmana, es decir, la mujer, para que conozca y haga valer sus propios derechos».

«La Iglesia está a su lado»

El arzobispo Agostino Marchetto, Secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, explica cómo la Iglesia siempre ha apoyado a quienes se ven obligados a dejar sus raíces: «Hace cincuenta años, no entraban todavía en nuestras casas las imágenes de los prófugos, de los exiliados y deportados de guerra, por ejemplo en los Balcanes o en África, ni de los buques repletos de clandestinos albaneses, kurdos o africanos. La televisión aún no nos había mostrado los rostros de miles de seres humanos desamparados, agotados y hambrientos en busca de un puesto de trabajo, de seguridad, de futuro para sí mismos y sus familias. No habían aparecido todavía esas escenas de atropellos y muerte, esos rostros aterrorizados de tantos hermanos nuestros, la devastación de sus cuerpos y la desolación de sus aldeas destruidas por la violencia, el odio y la venganza. La Iglesia está siempre allí, al lado de los emigrantes viejos y nuevos».

Fuente: "Alfa y Omega", Madrid 27 de mayo de 2004, pág. 13.

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