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Vida Sacerdotal - Funciones ministeriales

Quien haya leído los escasos artículos que vengo mandando, de un tiempo a esta parte, a Piensa Un Poco, ya sabrá que he sido catequista de confirmación en mi parroquia, encargado de intentar dar un poquito de doctrina a un grupo de diez jóvenes con edades de catorce y quince años. Un buen día se me ocurrió una idea para aprovechar el escaso número de futuros catecúmenos, y tomé la decisión de reunirme con cada uno de ellos, individualmente, tras la catequesis, para tomar un café, cocacola o sucedáneo, y, simplemente, charlar un rato sobre ellos, sobre mí, sobre fútbol americano o sobre lo que se les ocurriera. El trato era no seguir yo soltándoles el rollo a cambio de que fueran ellos los que me contaran cosas a mí. Lo que quisieran.

Cuando les comuniqué mi decisión, las inevitables risitas y sonrojos no tardaron en aparecer, pero no obstante, la cosa empezó a rodar bastante bien. Es curioso, no sólo saber que, en general, individualmente los chicos y chicas se comportan de manera distinta a como lo hacen en masa, sino comprobarlo delante de tus narices. Durante las tardes y tardes que he pasado con cada uno de ellos -no he podido más que hablar una vez con cada uno de ellos-, ha habido casi de todo. Por ejemplo, las riquezas vaticanas y la homosexualidad son los dos temas estrella, sin duda alguna; y resulta ciertamente un poco alarmante la desinformación que reina en sus jóvenes cabezas. La filosofía "Compañeros" o "Al salir de clase" hace de las suyas...

Pero una buena tarde, una de las chicas que asiste regularmente a catequesis, pongámosle Laura, de 14 años, me confesó que ella en realidad no tenía fe, ni creía en la vida eterna. Cuando me dijo esto, dos pensamientos simultáneos se cruzaron en mi cabeza: "otra chica que viene a catequesis por presión paterna, materna o ambas" y "menuda paciencia tragarse los rollos a los que les someto semanalmente sin tener fe". Pero siguió: no asistía, para conmoción mía, a catequesis por imperativo de sus padres -más bien al contrario, según me dio a entender-, sino simple y llanamente porque quería oír hablar de Dios, y "en esta sociedad nadie te habla de Él" -me dijo-. Comprenderán que me quedara con los ojos como platos de sopa.

Y aunque sus risitas con su compañera durante las catequesis a veces llegan a exasperarme, y aunque a veces parece no enterarse de nada de lo que digo, y aunque quizá esté ella más en su onda que en la mía. he de confesar que ese tipo de pequeñas confesiones son las que me alientan, no ya sólo a seguir dando las catequesis, sino a no perder la confianza en tantas y tantas cabecitas como la de Laura, quizá alocadas y superficiales en apariencia, pero -les aseguro- sólo en apariencia. Se lo digo yo.

Piensa Un Poco, 26 de agosto de 2003

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