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Vida Sacerdotal - Seminarios y formación de los seminaristas

Intervención de Paolo Scarafoni L. C. en la videoconferencia organizada por la Congregación para el Clero el 29 de septiembre de 2005.

Código de Derecho Canónico, canon 256: "Los alumnos sean diligentemente instruidos en todo lo que concierne de modo preciso el sagrado ministerio, sobre todo en la actividad catequística y homilética".

El primero elemento de la formación en la predicación de tipo catequístico y homilético consiste en la sólida formación general: es decir la formación espiritual, especialmente a través de la unión con Dios y el ruego, la lectura y meditación frecuente del Evangelio y la Sagrada Escritura, la formación de las virtudes cristianas, sobre todo la humildad de la caridad; en la sólida formación intelectual sobre los contenidos de la fe y moral cristiana transmitidas por el Magisterio y la Tradición. Las personas esperan respuestas competentes y seguras. Esta formación de base contribuye a consolidar a hombres maduros, a imitación de Cristo, con la mente bien estructurada, seria y creativa, con el corazón y la voluntad llenos de celo por la salvación de las almas, con un carácter predispuesto al empeño constante y al trabajo.

El segundo elemento concierne la formación específica en el campo de la predicación. Es importante que en los años de preparación al sacerdocio se haga un adiestramiento específico en el sector de la comunicación verbal, por la catequesis, la predicación sagrada, la homilía en la liturgia.

Los aspectos de esta formación específica son los siguientes:

En primer lugar el conocimiento de los hombres al que nuestro mensaje debe ser dirigido; un conocimiento concreto, que percibe la mentalidad, los ideales, el contexto cultural y de trabajo, los intereses, las características positivas y rechazos de los niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos. La adquisición de la abertura mental para saberse colocar donde nuestros interlocutores se encuentren.

En segundo lugar el dominio de las técnicas para presentar el contenido y el mensaje; especialmente aquellas técnicas usadas por Jesucristo en su predicación, aplicándolas con sencillez de modo homogéneo y apropiado tanto el contenido como el auditorio. Observamos que en el Evangelio Cristo usa la parábola, el cuento, los ejemplos y las comparaciones, los testimonios y los modelos, las alusiones a hechos y a personas, la ironía y el sentido del humor. La sobriedad en el empleo de las técnicas es muy importante para no crear el efecto opuesto de quitar la atención del mensaje.

En tercer lugar la estructuración del contenido de exponer, de modo unitario coherente y ordenado, sin improvisación y saltos ilógicos. Esto exige la adquisición de la costumbre de dedicar tiempo a la preparación de la predicación.

En cuarto lugar la adquisición de las calidades específicas del predicador y comunicador. Las mismas se logran con mucho ejercicio práctico.

a. La seguridad: en la doctrina expuesta y en el estado interior de libertad y convicción cuando se habla. La raíz profunda de la seguridad reside en vivir en paz, como expresión de la voluntad de Dios, las circunstancias concretas de la misma vida, también difíciles: todo esto produce un testimonio de amabilidad, paciencia, humildad y capacidad de escucha que es percibida por el público.

b. El equilibrio: en la cantidad y calidad de los contenidos; en la pedagogía que respeta los tiempos y las etapas espirituales de las almas; en el ejercicio de la misericordia que no "quebrará la caña resquebrajada ni apagará la mecha que todavía humea", Mt 12,20, incluso en el lleno respeto de la verdad.

c. El fuego evangélico: en la pasión de anunciar y de mover los ánimos, y en algunas ocasiones para sacudirlos con vigor, como ha hecho Cristo y así reconducirlos a la verdad. Pero no conviene usar modos teatrales de otros tiempos. El fuego se demuestra en la fuerza y claridad de los contenidos, en las expresiones convincentes y precisas.

d. El corazón: la predicación nace del corazón (de la interioridad, de las convicciones que tienen profunda resonancia interior); refleja el corazón (hablar de Cristo, Camino, Verdad y Vida, querido sin medida); llega al corazón (hablar en sintonía con lo que está a corazón: la verdad, el amor y la felicidad).

El buen predicador se forma en aquel que es gran investigador, que prepara la homilía o la intervención con esfuerzo y pasión para mejorarlo, con laboriosidad e insistencia; en aquel que quiere ser creativo, y no solamente repite las buenas ideas que ha sentido, es decir está completamente comprometido con su discurso; en aquel que se sabe organizarse bien para prepararse a tiempo y con dedicación.

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