|
Autor:
Alfonso Martínez Sanz |
|
Anuncio Papal del Año de San
Pablo
Durante la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad
de San Pedro y San Pablo, en la Basílica Papal de San Pablo Extramuros,
Benedicto XVI anunció oficialmente el Año de San Pablo. Era el
28 de junio de 2007, y lo hizo con estas palabras: “Me alegra anunciar oficialmente que al apóstol San Pablo dedicaremos
un año jubilar especial, del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009,
con ocasión del bimilenario de su nacimiento, que los historiadores sitúan
entre los años 7 y 10 después de Cristo”.
El
bimilenario del nacimiento de Pablo de Tarso se celebrará de modo privilegiado
en Roma, pues en la Ciudad Eterna, bajo el altar papal de la basílica
de San Pablo, se encuentran los restos del Apóstol de las gentes, tal
como enseña una tradición incontrovertible. A lo largo del Año
paulino, tendrán lugar una serie de acontecimientos litúrgicos,
culturales y ecuménicos, así como diversas iniciativas pastorales
y sociales inspiradas en la espiritualidad paulina. En palabras del Papa, habrá también “peregrinaciones
que, desde varias partes, quieran acudir de forma penitencial a la tumba del
Apóstol para encontrar beneficio espiritual”. No
cabe la menor duda de que el Año de San Pablo servirá para un
mayor conocimiento de la persona y de los escritos del Apóstol de las
gentes, para un acercamiento de muchas personas a Dios, para un crecimiento en
el empuje apostólico y misionero que la Iglesia ha de dar en relación
a la nueva Evangelización, y para rezar y trabajar por la unidad de todos
los cristianos en una Iglesia unida, que el Apóstol entendió como
el único Cuerpo de Cristo.
La figura de San Pablo Alguien ha escrito que Pablo, después de Jesús de Nazaret, es la
figura más importante de la historia del cristianismo. Sin él,
el cristianismo hubiera sido otra cosa, a no ser que Dios hubiera suscitado otro
como él. Hay quien le ha llamado “vaso de elección” y “el
primero después del Único”. El Papa
Benedicto XVI, en la audiencia del miércoles, 25 octubre 2006, decía
de él que “brilla como una estrella de primera grandeza en
la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes”. En
los Hechos de los Apóstoles y en la Epístolas escritas por él,
queda reflejada la rica personalidad del Apóstol San Pablo, descrita así por
la Biblia de Jerusalén, al hacer la Introducción a sus Cartas: “Pablo
es un apasionado, un alma de fuego que se entrega sin medida a un ideal. Y
este ideal es esencialmente religioso. Dios es todo para él,
y a Dios sirve con lealtad absoluta, primero persiguiendo a los que considera
herejes, 1 Tim 1,13, luego predicando a Cristo, cuando por revelación,
ha comprendido que sólo en él está la salvación.
Este celo incondicional se traduce en una vida de abnegación total al
servicio de Aquél a quien ama”.
No
es extraño, por lo tanto, que San Pablo, en la vida de la Iglesia,
haya sido considerado –después de Jesucristo, claro está-
como el prototipo de apóstol cristiano, el modelo de tantos y tantos misioneros
sacerdotes, consagrados y seglares. Él ha sido, es y será modelo
para todos los que toman sobre sus espaldas la noble y sublime tarea de evangelizar.
Es verdad que Pablo fue una figura excepcional, un gigante del cristianismo,
pero esto no es un obstáculo para que el apóstol y misionero de
hoy lo imite en su amor enamorado a Cristo, en su gastarse y desgastarse por Él,
en su celo por anunciar el Evangelio, y teniendo siempre bien claro –San
Pablo lo tenía- que la eficacia de la evangelización es, en último
término, obra de la gracia, y no fruto de las cualidades del evangelizador. Quizá la Iglesia de hoy esté necesitada de misioneros, hombres
y mujeres excepcionales. Pero lo totalmente cierto es que el misionero, excepcional
o no, viviendo la vida en Cristo y enamorado totalmente de Él, ha de sentir
en sus entrañas, como lo sintió y vivió San Pablo, el “ay
de mí, si no evangelizara” (1 Cor 9,16 ). Algunos rasgos de la vida del Apóstol Recordemos ya algunos datos personales del gran San Pablo.
También después
de Jesús, él es el personaje del Nuevo Testamento del que más
informados estamos. Tal como se dice más arriba, tanto el libro de los
Hechos de los Apóstoles, como sus propias Cartas, nos aportan datos que
nos acercan a un conocimiento de su persona y de su pensamiento.
Benedicto XVI, en la audiencia antes citada, recoge los siguientes datos: “Su
nombre original era Saulo (Hechos 7,58; 8,1 etc.), en hebreo Saúl, como
el rey Saúl, y era un judío de la diáspora, dado que la
ciudad de Tarso se sitúa entre Anatolia y Siria. Muy pronto había
ido a Jerusalén para estudiar a fondo a los pies del gran rabino Gamaliel
(Hechos 22,3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo,
la fabricación de tiendas (Hechos 18,3), que más tarde le permitiría
sustentarse personalmente sin ser de peso para las Iglesias (Hechos 20,34; 1
Corintios 4,12; 2 Corintios 12, 13-14)”.
A
lo dicho por el Papa, puede añadirse que sus padres eran comerciantes
judíos de la secta de los fariseos, y que lo educaron según las
ciencias judías de los fariseos, y en la cultura helenista. En la escuela
del sabio rabí Gamaliel, amplió y perfeccionó las enseñanzas
mosaicas, proféticas, históricas y sapienciales del Antiguo Testamento.
Aprendió igualmente la prodigiosa y sutil dialéctica de su maestro,
que emplearía después en la predicación oral y a la hora
de redactar las cartas. La fogosidad de su
carácter y la radicalidad de sus creencias le convirtieron
en un fanático activista judío. Su fanatismo radical le impulsó a
estar presente en la muerte a pedradas del protomartir cristiano San Esteban,
y a pedir al Sumo Sacerdote cartas de recomendación para las sinagogas
de Damasco, con el fin de llevar atados a Jerusalén a todos los cristianos
de esa ciudad. Fue precisamente, yendo a Damasco,
cuando, en palabras del propio Apóstol,
fue “alcanzado por Cristo Jesús” (Filipenses 3,12). “Rodeado
de una luz celeste, cae al suelo, y oye una voz que le dice: Saulo, Saulo, ¿por
qué me persigues? Saulo pregunta: ¿quién eres, Señor?
Y le contesta: yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate,
entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer... Se levantó Saulo
del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le condujeron
de la mano a Damasco, donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni
beber” (Hechos 9, 3-9). El Señor dijo a Ananías, en una visión, que el que había
causado mucho mal a los “santos” en Jerusalén y tenía
cartas de los Sacerdotes para prender a los de Damasco “es mi instrumento
elegido para llevar mi nombre a los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre”.
Ananías fue a donde estaba Saulo, le impuso las manos, recobró la
vista, fue bautizado y, tomando algo de comer, recuperó las fuerzas (Hechos
9, 15-19). De esa manera milagrosa y sorprendente,
el gran perseguidor de los cristianos se convertía en el gran Apóstol de Jesucristo. Saulo dejaba de
ser Saulo, y nacía Pablo de Tarso, Apóstol de los gentiles, que
quiere “hacerse todo para todos” (1
Corintios 9,22), sin reserva alguna. La visión camino de Damasco Los datos que acaban de indicarse tienen como fuente,
si no única sí principal,
el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero leyendo o estudiando detenidamente
las cartas que escribió San Pablo, se puede penetrar, al menos un poco,
en la naturaleza de la visión que tuvo, en el camino hacia Damasco, y
que le llevó a su conversión. Ésta -dirá Benedicto
XVI- “no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones,
sino el fruto de una intervención divina, de una gracia de Dios imprevisible”. Es
el propio Pablo el que, en distintos lugares de sus cartas, usa una serie de
expresiones que apuntan en esa dirección. Según Pablo, lo que ocurrió en el camino de Damasco no fue una
simple visión (1 Corintios 9,1), sino algo más íntimo y
profundo. No fue una mera visión, fue mucho más, fue una iluminación
(2 Corintios 4, 6), una revelación y una vocación. Así lo
reconoce en la carta a los Gálatas: “Cuando Dios que me eligió,
desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar
en mí a su Hijo, para que le anunciara entre los gentiles” (Gálatas
1, 15-16). Profundas palabras, con las que Pablo se declara elegido por Dios,
vocacionado para ser apóstol de Jesucristo, receptor del Evangelio que
ha de predicar, y enviado a los gentiles. Dicho de otro modo: en la experiencia
del camino de Damasco, a Pablo se le revela su vocación, recibe la misión
de ir a los gentiles, y recibe también el Evangelio que ha de anunciar,
que no es otro que Jesucristo. Nada distinto,
a lo que acabamos de decir, quiere expresar el Apóstol
de la gentes, cuando, en el comienzo de la carta a los Romanos, se llama a sí mismo “apóstol
por vocación” (Romanos 1,1) o, como hace en la segunda a los
Corintios, “apóstol por voluntad de Dios” ( 2 Corintios
1, 1). Con esas afirmaciones, el Apóstol quiere dejar bien sentado que
su vocación no es consecuencia de una decisión personal, al margen
de Dios, sino voluntad expresa de Dios y llamada divina desde el vientre de su
madre. Buena parte de la segunda carta a los Corintios la dedicará a la
defensa de su vocación de Apóstol de Cristo Jesús. Pablo, el Apóstol misionero Los términos “apóstol”, que proviene del griego, y “misionero”,
que proviene del latín, son sinónimos, y etimológicamente
significan embajador, enviado, mensajero. En sentido cristiano, el apóstol,
el misionero, es un embajador enviado por Cristo para anunciar el mensaje de
la salvación operada por Él mismo. Para esto eligió Dios
a Pablo, y para esta misión se sintió llamado Pablo. Misión,
por otra parte, que el Apóstol de las gentes empezó a llevar a
cabo desde el momento mismo de su bautismo. El perseguidor se convirtió en
predicador entusiasta de la doctrina que anteriormente perseguía. Durante
algún tiempo, Saulo anunció a Cristo en Arabia, Damasco,
Jerusalén, Tarso, su ciudad natal, y Antioquia. El libro de los Hechos
lo cuenta así: “Pasados algunos días con los discípulos
de Damasco, se dio a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de
Dios” (Hechos 9,19). Después vinieron los tres viajes misionales,
en los que su estrategia solía ser, especialmente en el primer viaje,
predicar primero en las sinagogas de la ciudad y, a continuación, a los
gentiles. Fruto de su predicación infatigable, a lo largo de los tres viajes misioneros,
fue la implantación de Iglesias locales, entre las que hay que nombrar
a las de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe, en el primer viaje
(años 47-48 d.C.); y Filipos, Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto,
en el segundo viaje (años 49-51 d.C.). Por otra parte, hay que decir que
su predicación tuvo como centro de irradiación tres grandes ciudades.
Desde ellas, y a través de los medios que podía, llegó a
los territorios vecinos, siendo otras veinte más, las ciudades que Pablo
de Tarso evangelizó. Durante los dos
primeros viajes, la intensa acción evangelizadora de Pablo
tuvo como centro la ciudad de Antioquía. Tenía medio millón
de habitantes y constituía una gran puerta para todo el Oriente. Precisamente,
en esta ciudad, se comenzó a llamar cristianos a los discípulos
de Jesús. En el segundo viaje misional, Pablo se detuvo bastante en Corinto,
ciudad entonces más importante que Atenas, y que tenía salida a
dos mares, lo cual facilitaba la llegada a otros pueblos y ciudades. Por fin,
como tercera ciudad, centro de irradiación evangelizadora, está Éfeso,
la más importante ciudad de la provincia romana de Asia. En el tercer
viaje, Pablo ejerció en ella un prolongado ministerio. A lo largo de tres
meses, habló abiertamente en la sinagoga, “exponiendo lo referente
al Reino de Dios y tratando de convencerles” (Hechos, 19, 8), pero,
como algunos maldecían el camino del Señor, empezó a enseñar “todos
los días en la escuela de Tirano. Esto duró dos años, de
forma que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra
del Señor” (Hechos 19, 9-10). La
predicación paulina, sin embargo, no fue sólo oral. “Después
de dejar algunos lugares, ya sea por haber dejado la predicación inconclusa,
ya sea para responder a las preguntas que le enviaban desde esas comunidades,
Pablo empezó a escribir cartas que pronto serían recibidas en las
Iglesias con una particular reverencia” (Juan Luís Caballero,
Noticias-44). El Nuevo Testamento nos ha transmitido trece: una a los romanos,
dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses,
una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito y una
a Filemón. Aunque no es fácil determinar la fecha de algunas, se
puede afirmar que la mayoría fueron escritas en la década de los
cincuenta a los sesenta. “Lo que escribe en sus cartas... (es) la vivencia
del misterio de Cristo que él quiere difundir por todo el mundo, y que expone a las comunidades
o personas a las que escribe…El núcleo fundamental es en todas
ellas el mismo: Jesucristo es el salvador del hombre y del mundo, de todo hombre –judío
o gentil- y de la entera creación, incluso a nivel cósmico” (Introducción
a las Cartas de San Pablo de Sagrada Biblia de EUNSA).
Intentando
resumir la gran actividad misionera de Pablo, nada mejor que estos dos textos
del propio Apóstol:
- “El Señor me asistió y
me dio fuerzas para que por mí fuese
cumplida la predicación y todas las
naciones la oyeran” (2 Timoteo
4, 17).
- “Desde Jerusalén
hasta Iliria (península
de los Balcanes, lo que actualmente es Albania),
en todas las direcciones, lo he llenado del
Evangelio de Cristo” (Romanos 15,
19).
Pero, por si las dos citas
paulinas pudieran parecer poco, ahí está el pasaje
de la carta a los Romanos, en el que manifiesta
su propósito de llegar hasta España
para anunciar el Evangelio, por doquier, hasta
los confines de la tierra entonces conocida.
Literalmente escribió: “Una
vez concluida esta tarea (llevar limosnas
a los pobres de Jerusalén), me encaminaré a
España” (Romanos 15, 28). Había
evangelizado ya el Imperio por Oriente y ahora
quiere hacerlo por Occidente, hasta llegar a
España, el fin de la tierra (Finis terrae). No
está de más recordar y resaltar
que, en el apostolado de Pablo, fueron muchas
las dificultades, que él afrontó con
valentía por amor a Cristo, convencido
de que “todo lo puedo en Aquél
que me conforta” (Fil 4,13). Tal como
escribió en la segunda carta a los Corintios,
tuvo que soportar “trabajos…,
cárceles…, azotes; peligros de
muerte, muchas veces. Tres veces fui azotado
con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué… Viajes
frecuentes; peligros de ríos, peligros
de salteadores, peligros de los de mi raza; peligros
de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros
en el despoblado; peligros en el mar; peligros
entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches
sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos
días sin comer; frío y desnudez.
Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria:
la preocupación por todas las Iglesias” (2
Corintios 11, 23-28). A
estos sufrimientos, “martirio de cada
día”, hay que añadir el martirio
del derramamiento de su sangre, a causa de su
fidelidad a Cristo y al Evangelio. Ocurrió en
Roma, a donde había llegado prisionero,
porque los judíos lo habían apresado
en Jerusalén, celosos por el ministerio
que había realizado entre los gentiles.
Permaneció prisionero dos años
en una casa alquilada, hasta que por orden de
Nerón murió decapitado el año
67 d.C. Sus restos mortales se conservan y veneran
en la Ciudad Eterna, dentro de la Basílica
de San Pablo Extramuros. Benedicto XVI, en la
audiencia arriba mencionada, citando a San Cemente
Romano, Papa de finales del siglo I, dice: “Por
celos y discordia, Pablo se vio obligado a mostrarnos
cómo se consigue el premio de la paciencia… Después
de haber predicado la justicia en todo el mundo,
y después de haber llegado hasta los último
confines del Occidente, soportó el martirio
ante los gobernantes; de este modo se fue de
este mundo y alcanzó el lugar santo, convirtiéndose
de esa manera en el más grande modelo
de perseverancia” (A
los Corintios 5). Intentando
resumir, en pocas palabras, la vida de este
gigante del cristianismo, no encuentro otras
más acertadas que las que el propio
San Pablo, estando preso en Roma, escribe de
sí mismo en la segunda carta a Timoteo: “Es
ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido
el buen combate, he corrido mi carrera, he guardado
la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de
la justicia que aquel día me entregará el
Señor, el justo Juez” (2 Tim
4, 6-8).
Ciertamente aquel Saulo
perseguidor, una vez convertido, combatió bien el buen combate de la evangelización.
Ciertamente corrió la carrera de su vocación
y misión, como el mejor campeón,
predicando y guardando la fe con una fidelidad
total. Ciertamente el Señor Jesús
le dio la corona de la gloria, desde donde brilla
como faro luminosopara gloria de Dios y bien de
la Iglesia de Jesús, de quien escribió,
haciéndolo vida: “Para mí,
la vida es Cristo, y una ganancia el morir” (Fil
1,21). |