Autor: Cardenal
Cláudio Hummes, Prefecto
de la Congregación para el Clero |
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Queridos amigos sacerdotes:
La Jornada mundial
de oración por
la santificación de los sacerdotes,
que se celebra en la inminente solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús, nos
brinda la ocasión de reflexionar juntos
en el don de nuestro ministerio sacerdotal,
compartiendo vuestra solicitud pastoral por
todos los creyentes y por la humanidad entera,
y de modo específico por la porción
del pueblo de Dios encomendada a vuestros respectivos
Ordinarios, de los que sois valiosos colaboradores.
El tema de este año —«El
sacerdote, alimentado por la palabra de Dios,
es testigo universal de la caridad de Cristo»— se
encuentra en sintonía con el magisterio
reciente del Papa Benedicto XVI y, en particular,
con la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum
caritatis (22 de febrero de 2007). En ella
el Santo Padre escribe: «No podemos guardar
para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento.
Este amor exige por su naturaleza que sea comunicado
a todos. Lo que el mundo necesita es el amor
de Dios, encontrar a Cristo y creer en él.
Por eso la Eucaristía no es sólo
fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo
es también de su misión: “Una
Iglesia auténticamente eucarística
es una Iglesia misionera” (Propositio 42)» (n.
84).
1. Hombre de Dios, hombre de la misión
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| Cardenal Cláudio Hummes |
Llevar a Dios a los hombres
es la misión
esencial del sacerdote, misión que el
ministro sagrado ha sido capacitado para realizar
porque él, que ha sido elegido por Dios,
vive con él y para él. El Santo
Padre, en su discurso durante la sesión
inaugural de la V Conferencia general del Episcopado
latinoamericano y del Caribe (13 de mayo de 2007),
que tuvo por tema: «Discípulos y
misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos
en él tengan vida», dijo, dirigiéndose
a los sacerdotes: «Los primeros promotores
del discipulado y de la misión son aquellos
que han sido llamados “para estar con Jesús
y ser enviados a predicar” (Mc 3,
14)... El sacerdote debe ser ante todo un “hombre
de Dios” (1 Tm 6, 11) que conoce
a Dios directamente, que tiene una profunda amistad
personal con Jesús, que comparte con los
demás los mismos sentimientos de Cristo
(cf. Flp 2, 5). Sólo así el
sacerdote será capaz de llevar a los hombres
a Dios, encarnado en Jesucristo, y de ser representante
de su amor» (n. 5: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 25 de mayo de 2007,
p. 11).
Esta verdad se encuentra
expresada en un versículo
de un salmo sacerdotal que en otros tiempos formaba
parte del rito de admisión al estado clerical: «El
Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano» (Sal 16,
5). Sabemos por el Deuteronomio (cf. Dt 10,
9) que, después de la toma de posesión
de la Tierra prometida, cada tribu era beneficiaria —por
sorteo— de una porción de la misma,
cumpliéndose así la promesa divina
hecha a Abraham. Sólo la tribu de Leví no
recibía terreno alguno, pues su tierra
era Dios mismo.
Ciertamente, la afirmación tenía
también una razón práctica:
los sacerdotes no vivían, como las demás
tribus, del cultivo de la tierra, sino de las
ofrendas. Con todo, esa aserción del salmista
es signo y símbolo de una realidad más
profunda: el verdadero fundamento de la vida
sacerdotal, el suelo de la existencia del sacerdote,
la tierra de su vida es Dios mismo. La Iglesia
ha visto en esta interpretación veterotestamentaria
la explicación de lo que significa la
misión sacerdotal siguiendo a los Apóstoles
y en comunión con Cristo mismo.
Benedicto XVI dijo al respecto: «El sacerdote
puede y debe decir también hoy con el
levita: “Dominus pars hereditatis meae
et calicis mei”. Dios mismo es mi
lote de tierra, el fundamento externo e interno
de mi existencia. Esta visión teocéntrica
de la vida sacerdotal es necesaria precisamente
en nuestro mundo totalmente funcionalista, en
el que todo se basa en realizaciones calculables
y comprobables. El sacerdote debe conocer realmente
a Dios desde su interior y así llevarlo
a los hombres: este es el servicio principal
que la humanidad necesita hoy» (Discurso
a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones
navideñas, 22 de diciembre de 2006: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española,
29 de diciembre de 2006, p. 7).
Si en una vida sacerdotal
se pierde esta centralidad de Dios, se vacía
todo el fundamento de la actividad pastoral,
y con el exceso de activismo se corre el peligro
de perder el contenido y el sentido del servicio
pastoral.
Entonces podrían crecer el protagonismo
y las extravagancias erróneas. En vez
de la sustancia, se darían sucedáneos.
Se correría en vano, agotándose
sin progresar.
Sólo quienes han aprendido a «estar
con Cristo» se encuentran preparados para
ser «enviados por él a evangelizar» con
autenticidad (cf. Mc 3, 14). Un amor
apasionado a Cristo es el secreto de un anuncio
convencido de Cristo. «Sé hombre
de oración antes de ser predicador»,
decía san Agustín (De doctrina
christiana, IV, 15, 32: PL 34,
100), al exhortar a los ministros ordenados a
ser discípulos de oración en la
escuela del Maestro.
La Iglesia, al celebrar la
solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús,
invita a todos los creyentes a elevar la mirada
de la fe «a Aquel que traspasaron» (Jn 19,
37), al Corazón de Cristo, signo vivo
y elocuente del amor invencible de Dios y fuente
inagotable de gracia. Lo hace exhortando a
los sacerdotes a buscar en sí mismos
este signo, en cuanto depositarios
y administradores de las riquezas del Corazón
de Cristo, y a derramar el amor misericordioso
de Cristo en los demás, en todos.
Verdaderamente, «la caridad de Cristo
nos apremia» (2 Co 5, 14), escribe
san Pablo. «Si quieres amar a Cristo, extiende
tu caridad a toda la tierra, porque los miembros
de Cristo se encuentran en todo el mundo»,
nos recuerda san Agustín (Comentario
a la primera carta de san Juan, X, 5).
Por esto, todo sacerdote
debe tener espíritu
misionero, es decir, espíritu verdaderamente «católico»;
debe «recomenzar desde Cristo» para
dirigirse a todos, recordando lo que afirmó nuestro
Salvador, que Dios «quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad» (1 Tm 2, 4-6). El sacerdote
está llamado a encontrarse con Cristo
en la oración y a conocerlo y amarlo también
en el camino de la cruz, que es el camino del
activo y abnegado servicio de la caridad.
Sólo así se demuestra y testimonia
la autenticidad de su amor a Dios y se refleja
en todos el Rostro misericordioso de Cristo. «La
belleza de esta imagen resplandece en nosotros,
que estamos en Cristo, cuando nos manifestamos
hombres buenos en las obras», nos decía
san Cirilo de Alejandría (Tractatus
ad Tiberium diaconum sociumque, II, in divi Johannis
Evangelium).
2. Para ser testigo auténtico de la caridad
de Cristo en la sociedad
La misión que el sacerdote recibe en
la ordenación no es un elemento exterior
y yuxtapuesto a la consagración, sino
que constituye su finalidad intrínseca
y vital: «La consagración es para
la misión» (Juan Pablo II, exhortación
apostólica postsinodal Pastores dabo
vobis, 24).
«Amor a Dios y amor al prójimo
se funden entre sí: en el más humilde
encontramos a Jesús mismo y en Jesús
encontramos a Dios», escribió el
Santo Padre (Deus caritas est, 15).
En la Eucaristía —que es el tesoro
inestimable de la Iglesia—, de modo especial
al actuar como generosos ministros del Pan
de vida eterna, se nos invita siempre a
contemplar la belleza y la profundidad del misterio
del amor de Cristo y a comunicar el ímpetu
de su Corazón enamorado a todos los hombres
sin distinción, especialmente a los pobres
y a los débiles, a los más pobres
entre los pobres, que son los pecadores, en un
servicio de caridad continuo, humilde y, la mayor
parte de las veces, oculto.
El espíritu misionero es parte constitutiva
de la forma eucarística de la existencia
sacerdotal. Al respecto escribe el Santo Padre: «La
misión primera y fundamental que recibimos
de los santos Misterios que celebramos es la
de dar testimonio con nuestra vida. El asombro
por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde
en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos
a ser testigos de su amor. Nos convertimos en
testigos cuando, por nuestras acciones, palabras
y modo de ser, aparece Otro y se comunica» (Sacramentum
caritatis, 85).
El sacerdote está llamado a hacerse «pan
partido para la vida del mundo», a servir
a todos con el amor de Cristo, que nos amó «hasta
el extremo»: así la Eucaristía
llega a ser en la vida sacerdotal lo que significa
en la celebración. El sacrificio de Cristo
es misterio de liberación que nos interpela
y provoca continuamente.
Todo sacerdote ha de sentir
en sí mismo
la urgencia de ser realmente promotor de justicia
y de solidaridad entre los hombres: ante ellos
el sacerdote está llamado a testimoniar
a Cristo mismo. Alimentados con la Palabra
de vida, los sacerdotes no pueden quedarse
fuera de la lucha por la defensa y la proclamación
de la dignidad de la persona humana y de sus
derechos universales e inalienables.
A este respecto escribe
Benedicto XVI: «Precisamente,
gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse
las circunstancias que van contra la dignidad
del hombre, por el cual Cristo ha derramado su
sangre, afirmando así el alto valor de
cada persona» (ib., 89).
Descubriremos el verdadero sentido del amoris
officium, de la caridad pastoral de la
que nos habla san Agustín (cf. In
Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: CCL 36,
678): la Iglesia, como Esposa de Cristo, quiere
ser amada por el sacerdote del mismo modo total
y exclusivo como Cristo, Cabeza y Esposo, la
ha amado. Comprenderemos la motivación
teológica de la ley eclesiástica
sobre el celibato en la Iglesia latina y de
su relación de conveniencia profundísima
con la sagrada ordenación: como don
inestimable de Dios, como singular participación
en la paternidad de Dios y en la fecundidad
de la Iglesia, como inmensa energía
misionera, como amor más grande, como
testimonio del Reino escatológico ante
el mundo. Así, el celibato, aceptado
con decisión libre y amorosa, se convierte
en entrega de sí en Cristo y con Cristo
a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote
a la Iglesia en el Señor y con el Señor
(cf. Presbyterorum ordinis, 16; Pastores
dabo vobis, 29).
Podemos preguntarnos: ¿cuáles
son estos ámbitos del testimonio sacerdotal
de la caridad de Cristo?
A. Ante todo, la misión, el kerigma y
la catequesis de los jóvenes
y de los adultos, de los cercanos y de los alejados.
En ella se transmite de forma completa y clara
el mensaje de Cristo. En los tiempos actuales
es urgente un conocimiento adecuado de la fe,
como está bien sintetizada en el Catecismo
de la Iglesia católica, con su Compendio.
Se trata de no escatimar
esfuerzos en la búsqueda
de los católicos alejados y de los que
conocen poco o nada a Cristo. A este respecto,
recientemente, el Papa Benedicto XVI, dirigiéndose
a los obispos de Brasil, dijo: «La educación
en las virtudes personales y sociales del cristiano,
así como la educación en la responsabilidad
social, también forman parte de la catequesis.
(...) Debemos ser fieles servidores de la Palabra,
sin visiones reductivas ni confusiones en la
misión que se nos ha confiado. No basta
observar la realidad desde la fe personal; es
necesario trabajar con el Evangelio en las manos
y arraigados en la auténtica herencia
de la Tradición apostólica, sin
interpretaciones motivadas por ideologías
racionalistas» (Discurso durante el
encuentro y celebración de Vísperas
con los obispos de Brasil, 11 de mayo de
2007, nn. 4 y 5: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 18 de mayo de 2007,
p. 11).
En este campo no bastan
los lugares tradicionales de la catequesis —las clases, conferencias
o cursos de Biblia y teología—;
es necesario abrirse a los otros nuevos areópagos de
la cultura global: además de la prensa,
la radio y la televisión, es preciso recurrir
más al correo electrónico, a los
sitios de internet, a las páginas,
a las video-conferencias, y a muchos otros sistemas
recientes, para comunicar de modo eficaz el kerigma a
gran número de personas.
La misma presencia, incluso
externa, del pastor, con una actitud consecuente
con lo que es, debe ser una catequesis para
todos. Quizá a
veces hemos subestimado demasiado este aspecto,
que a la gente sin duda agrada y que, si es expresión
de contenidos, no constituye formalismo sino
una forma capaz de comunicar una sustancia.
B. Otro ámbito de
este testimonio es la
promoción de las instituciones eclesiales
de beneficencia que, en varios niveles,
pueden prestar un valioso servicio a las personas
más necesitadas y débiles. «Si
las personas con quienes se encuentran viven
una situación de pobreza, es necesario
ayudarlas, como hacían las primeras
comunidades cristianas, practicando la solidaridad,
para que se sientan amadas de verdad»,
recordó recientemente el Santo Padre
en el encuentro antes mencionado (ib., n.
3).
«Debemos denunciar
a quien derrocha las riquezas de la tierra,
provocando desigualdades que claman al cielo
(cf. St 5, 4)» escribió Benedicto
XVI y prosiguió afirmando: «El Señor
Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia
y nos hace estar atentos a las situaciones de
pobreza en que se halla todavía gran parte
de la humanidad: son situaciones cuya causa implica
a menudo una clara e inquietante responsabilidad
por parte de los hombres» (Sacramentum
caritatis, 90).
C. Promover la cultura de la vida.
Por doquier, los sacerdotes, en comunión
con sus Ordinarios, están llamados a promover
una cultura de la vida que permita, como afirmaba
Pablo VI, «remontarse de la miseria a la
posesión de lo necesario, (...) la adquisición
de la cultura, (...) la cooperación en
el bien común, (...) hasta el reconocimiento,
por parte del hombre, de los valores supremos
y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin» (Populorum
progressio, 21). Al respecto será necesario
poner de relieve, en la formación de los
cristianos laicos, que el desarrollo auténtico
debe ser integral, es decir, orientado
a la promoción de todo el hombre y de
todos los hombres, sugiriendo los medios necesarios
para suprimir las graves desigualdades sociales
y las enormes diferencias en el acceso a los
bienes.
D. La formación
de los fieles laicos.
A los fieles laicos, formados en la escuela de
la Eucaristía, se les ha de exhortar y
ayudar cada vez más a asumir directamente
sus responsabilidades políticas y sociales
en coherencia motivada con su bautismo. Todos
los hombres y mujeres bautizados deben tomar
conciencia de que en la Iglesia han sido configurados
con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el
sacerdocio común de los fieles. Deben
sentirse corresponsables de la construcción
de la sociedad según los criterios del
Evangelio y, en particular, según la doctrina
social de la Iglesia. «Esta doctrina, madurada
durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza
por el realismo y el equilibrio, ayudando así a
evitar compromisos equívocos o utopías
ilusorias» (Sacramentum caritatis,
91).
Como ha recordado en repetidas ocasiones el
Sucesor de Pedro, a los fieles laicos corresponde
la responsabilidad especial de cambiar las estructuras
injustas y erigir las justas, sin
las cuales no puede sostenerse una sociedad justa,
produciendo el consenso necesario en los valores
morales y la fuerza para vivir según el
modelo de estos valores (cf. Benedicto XVI, Discurso
en la sesión inaugural de la V Conferencia
general del Episcopado latinoamericano y del
Caribe, n. 4).
E. Apoyo a la familia. Todos
los sacerdotes están llamados a sostener a la familia
cristiana promoviendo de diversas maneras, según
los diferentes carismas vocacionales y la misión
que se os ha encomendado, una pastoral familiar adecuada
y orgánica en vuestras respectivas comunidades
eclesiales (cf. Juan Pablo II, Novo millennio
ineunte, 47). Es particularmente necesario
sostener el valor de la unidad del matrimonio
como unión para toda la vida entre un
hombre y una mujer, en la que, como marido y
mujer, participen en la amorosa obra de creación
de Dios.
Por desgracia, numerosas
doctrinas políticas
o corrientes de pensamiento siguen fomentando
una cultura que hiere la dignidad del hombre,
ignorando o poniendo en peligro, en diversa medida,
la verdad sobre el matrimonio y sobre la familia.
El sacerdote debe proclamar en nombre de Cristo,
sin cansarse, que la familia, como formadora
por excelencia de las personas, es indispensable
para una verdadera «ecología humana» (cf.
Juan Pablo II, Centesimus annus, 39).
3. Feliz de alzar la copa de la salvación
invocando el nombre del Señor (cf. Sal
115, 12-13)
Juan Pablo II, en su carta
a los sacerdotes para el Jueves santo de 2002,
exclamaba: «¡Qué vocación
tan maravillosa la nuestra, mis queridos hermanos
sacerdotes! Verdaderamente podemos repetir con
el salmista: “¿Cómo pagaré al
Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la
copa de la salvación, invocando su nombre” (Sal 115,
12-13)» (L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 22 de marzo de 2002,
p. 7).
Esta copa es la copa
de la bendición (cf. 1
Co 10, 16), la copa de la nueva alianza (cf. Lc 22,
20; 1 Co 11, 25).
San Basilio comenta al
respecto: «Así pues, ¿cómo
pagaré al Señor? No con sacrificios
ni holocaustos..., sino con toda mi vida. Por
eso dice el salmista: “alzaré la
copa de la salvación”, llamando
copa al padecer en la lucha espiritual, al resistir
al pecado hasta la muerte» (Homilía
sobre el salmo 115: PG 30, 109).
Como han experimentado
tantos sacerdotes santos en el ejercicio heroico
de su ministerio, así se
nos invita también a nosotros a sacar
de la Eucaristía la fuerza necesaria para
testimoniar la Verdad, sin titubeos, «sin
irenismos, sin falsas componendas, para no diluir
el Evangelio», como recordó Benedicto
XVI en su encuentro con los obispos de Alemania
(Discurso en el seminario de Colonia, 21
de agosto de 2005).
En sociedades y culturas
a menudo cerradas a la trascendencia, ahogadas
por comportamientos consumistas, esclavas de
antiguas y nuevas idolatrías,
redescubramos con asombro el sentido del Misterio
eucarístico. Renovemos nuestras celebraciones
litúrgicas para que sean signos más
elocuentes de la presencia de Cristo en nuestras
diócesis, especialmente en nuestras parroquias;
saquemos tiempo para el silencio, para la oración
y para la contemplación adorante de la
Eucaristía, a fin de tener en nosotros
de verdad espíritu misionero vibrante.
Juan Pablo II dijo a nuestros
hermanos en el episcopado de Portugal: «Como centinelas
de la casa de Dios, velad, apreciados hermanos,
para que en toda la vida eclesial se reproduzca
de algún modo el ritmo binario de la santa
misa con la liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística. Os sirva de ejemplo el caso
de los dos discípulos de Emaús,
que sólo reconocieron a Jesús al
partir el pan (cf. Lc 24, 13-35)» (Discurso
a los obispos de Portugal en visita «ad
limina Apostolorum», 30 de noviembre
de 1999, n. 6: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 17 de diciembre de
1999, p. 12).
En la Eucaristía
se encierra el secreto de la fidelidad y la
perseverancia de nuestros fieles, de la seguridad
y la solidez de nuestras comunidades eclesiales,
en medio de las aflicciones y dificultades
del mundo. En nuestra pastoral, que consta
de palabras y Sacramento, debemos evitar los
escollos del activismo, de hacer por hacer,
y hemos de superar los ataques del laicismo
y el secularismo donde Cristo no tiene voz ni
lugar, llevando el Pan de vida eterna.
Pensamos en la importancia misionera de
nuestras parroquias, que constituyen como el
tejido de unión de nuestras diócesis
(cf. Código de derecho canónico,
can. 374, § 1).
Pensamos en cada parroquia, que es una comunitas
christifidelium y que no puede serlo si
no es una comunidad eucarística y
abierta a los más alejados, es decir,
si no es una comunidad apta para celebrar la
Eucaristía con espíritu misionero,
en la que se encuentran la raíz viva
de su edificación y el vínculo
sacramental de su estar en plena comunión
con toda la Iglesia (cf. Juan Pablo II, Christifideles
laici, 26).
Pensamos en los párrocos,
que no pueden menos de ser sacerdotes ordenados,
porque hacen y dicen en la liturgia eucarística
y en la liturgia de la Palabra lo que ellos «propiamente», «por
sí mismos», no pueden hacer ni decir;
en efecto, actúan y hablan «in
persona Christi capitis». Pensamos
en todos los sacerdotes, jóvenes y ancianos,
sanos y enfermos, que redescubriendo la entrega
radical de sí mismos, ínsita en
su ministerio ordenado, pueden repetir con palabras
de Juan Pablo II: «Ha llegado el tiempo
de hablar valientemente de la vida sacerdotal
como de un valor inestimable y una forma espléndida
y privilegiada de vida cristiana» (Pastores
dabo vobis, 39).
De este modo, la Iglesia
de la Palabra y de los sacramentos será necesariamente la
Iglesia del ejercicio incansable del sacerdocio
ministerial; será la Iglesia del sacerdote
santo, del sacerdote que ama, en la raíz
de su alma, de todo su ser, la llamada que ha
recibido del Maestro, para comportarse en todo
momento como ipse Christus.
Benedicto XVI, en su discurso
del 11 de mayo de 2006 a los obispos de la
Conferencia episcopal de Quebec, Canadá,
en visita ad limina
Apostolorum, dijo: «Sin embargo, la
disminución del número de sacerdotes
(...) en ciertos lugares pone en peligro de manera
preocupante el lugar de la sacramentalidad en
la vida de la Iglesia. Las necesidades de la
organización pastoral no deben poner en
peligro la autenticidad de la eclesiología
que se expresa en ella. No se debe restar importancia
al papel central del sacerdote, que in persona
Christi capitis enseña, santifica
y gobierna a la comunidad. El sacerdocio ministerial
es indispensable para la existencia de una comunidad
eclesial. La importancia del papel de los laicos,
a quienes agradezco su generosidad al servicio
de las comunidades cristianas, no debe ocultar
nunca el ministerio absolutamente irreemplazable
de los sacerdotes para la vida de la Iglesia» (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española,
19 de mayo de 2006, p. 7).
Los sacerdotes debemos
esforzarnos por hacer que resplandezca nuestra
verdadera identidad ontológica de ejercer un ministerio gozoso,
aun en medio de las más arduas dificultades,
un ministerio ardientemente misionero porque
deriva de nuestra identidad; y, juntamente con
todos los fieles, debemos ocuparnos de orar incansablemente
al Dueño de la mies para que mande obreros
a su mies. Las vocaciones existen, pero nosotros
debemos fomentar su respuesta positiva con estos
medios, con los medios que nos enseñó el
Señor y no con otros.
Esta es la Iglesia que
queremos que vuelva a florecer y dé nuevos frutos, en su vitalidad
y en su actividad. Es la Iglesia de la misión
divina, la Iglesia in statu missionis.
Nos dirigimos a María, Reina
de los Apóstoles y Madre de los sacerdotes.
A ella nos encomendamos nosotros mismos, nuestro
ministerio pastoral y a todos los sacerdotes.
Que María nos ayude a ser, como ella,
tabernáculos y ostensorios de Jesús
buen Pastor.
Vaticano, 15 de junio de
2007, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Cardenal Cláudio
Hummes, o.f.m. Prefecto
+ Mauro Piacenza Arzobispo titular de Vittoriana Secretario
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