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Autor:José Ignacio
Varela González |
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Al
plantearse un tema sobre el que hay que hablar
y, con mucho más
motivo si se trata de algo tan específico
y concreto como el que nos ocupa, es necesario
dar una definición.
En este
caso doy una definición
personal, aunque corroborada por algunos autores
de espiritualidad. ¿Qué entiendo
yo por dirección espiritual?:
para mí es un medio para la educación
personal que mira al perfeccionamiento ético
y religioso de la persona, mediante una labor
de orientación, guía, ayuda espiritual
o acompañamiento, concepto éste último
acuñado especialmente por el Papa Juan
Pablo II en la Exhortación Apostólica Pastores
dabo vobis (n. 40); aunque más
que entenderlo como mutuo acompañamiento
o convivencia fraterna, si sigues su pensamiento,
lo entiende como auténtica dirección.
De hecho, en ese número, utiliza en dos
ocasiones la expresión dirección
espiritual. Podría decirse que el
director espiritual es el hermano que
acompaña a otro hermano acogiendo, ayudando,
aconsejando, orientando, guiando… en lo
que se refiere a su vida interior. En
el mismo sentido se hablaría del acompañante
espiritual.
También entiendo la dirección
espiritual como una relación estable
entre una persona ejercitada en la vida espiritual
y otra que busca doctrina, consejo, aliento … para
progresar en la vida interior: a este fin manifiesta
sinceramente todo lo que ocurre en el interior
de su alma, y sigue las indicaciones que recibe
con la más absoluta libertad.
Según estas definiciones,
cualquiera de nosotros, no sólo puede
acudir a la dirección espiritual, práctica
que nos conviene para el progreso en la vida
interior, sino que además puede ser maestro
del espíritu para otros. También
es conveniente que lo sea, incluso, deberá serlo
con sus feligreses. Ciertamente hemos de comenzar
por nosotros mismos, pues nadie da lo que no
tiene, como tantas veces hemos oído.
Necesidad de la direccion
espiritual
Es lógico que después
de escuchar una definición que de por
sí suena a planteamiento de la cuestión,
uno se pregunte ¿por qué es necesaria
la dirección espiritual, en concreto,
para nosotros?
Cada uno
de los que estamos aquí hemos recibido una llamada de Dios,
una invitación a seguirle: ego
vocavi te nomine tuo, meus es tu! y
como Samuel hemos respondido ecce ego
quia vocasti me! Somos conscientes de
que ha sido Dios quien tomó la iniciativa
en nuestra vida para que seamos ahora sacerdotes.
Aun así ninguno somos
una persona excepcional, y Dios no nos llama
porque seamos personas especiales (recientemente
hemos leído en el Evangelio de la Misa,
haciendo referencia a los 12 -llamó a
los que Él quiso-): con un tanto
por ciento no muy elevado de humildad nos damos
cuenta que somos iguales a los demás,
con los mismos defectos y virtudes que puede
tener cualquier otro hombre, y con las mismas
inclinaciones al mal o capacidad de hacer el
bien que hay en otros. Por poco que nos conozcamos
personalmente, nos damos cuenta de que somos
capaces de acertar o equivocarnos, construir
o desedificar, alcanzar metas o caer en un abismo.
Por otra
parte, nuestro sacerdocio nos compromete a
vivir íntegramente el
Evangelio buscando la plenitud de la vida cristiana
según nuestra vocación: sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto es
una afirmación de Jesús recogida
en el Evangelio que se convierte en nosotros
en una invitación a ir hacia la santidad
siguiendo nuestra vocación sacerdotal
y nos empeña en una misión apostólica: venid
conmigo y os haré pescadores de hombres.
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| Campana en una iglesia
rural |
Es precisamente
esta vivencia del Evangelio, el ideal de la
santidad y el apostolado lo que reclama una
guía, orientación
o acompañamiento personal de lo que no
debemos prescindir si queremos ser sacerdotes
santos, cumpliendo la misión que se nos
encomienda. El sacerdote no se puede conformar
con ser sólo bueno o buena persona que
ya estaría muy bien, sino que ha de aspirar
a ser santo de altar, aunque nunca –probablemente-
lo canonicen.
Está, además,
el hecho de que tratamos misterios en
el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal:
los misterios de Dios de los
que somos dispensadores, son cosas santas que
piden de nuestra parte una vida acorde a lo que
celebramos, es decir, santidad.
En la ordenación de mi promoción
de sacerdotes, el Papa Juan Pablo II nos dijo
unas palabras que guardo y procuro recordar.
En ellas nos animaba a tomarnos en
serio este misterio que recibíamos, vivid
para él –nos decía-, trabajad
por él. Dedicadle todas vuestras fuerzas.
Así será fructífero vuestro
servicio y toda vuestra vida sacerdotal.
Ante un
comentario así,
uno entiende que debe mirar hacia dentro de sí mismo
y comprender que somos lo que de cada uno ha
hecho Jesucristo; y lo que necesitamos, por tanto,
es estar a la altura del misterio que Dios nos
otorgó como don. Nunca habrá una
perfecta adecuación entre el misterio
y la persona que porta el misterio, pero los
sacerdotes hemos de intentar ser lo más
dignos, lo más santos posible.
Es necesario tener en
cuenta…
Podía hacer referencia
a los distintos documentos del Concilio Vaticano
II y del Magisterio de los Romanos Pontífices
que tratan esta cuestión y que -por otra
parte- cada uno podemos consultar. Aún
así no está de más recordar
que en Presbyterorum Ordinis (n. 18)
hay una alusión concreta a este medio
que ayuda al progreso de nuestra vida
espiritual. Lo mismo se recomienda en
el Directorio para la vida de los presbíteros (n.
39): en este caso, me parece a mí un
punto bastante clave pues además de animar
al sacerdote a la práctica de una dirección
espiritual en continuidad con la mantenida
en el Seminario, recoge en uno de los párrafos
todo una plan de vida espiritual que sirve muy
bien para configurar una estructura de vida interior
y guiar nuestro camino de santidad.
Juan Pablo II señala en la PDV que
la práctica de la dirección espiritual contribuye
no poco a favorecer la formación permanente
de los sacerdotes. Se trata para él
de un medio clásico que
no ha perdido nada de su valor, no sólo
para asegurar la formación espiritual
sino también para promover y mantener
una continua fidelidad y generosidad en el ejercicio
del ministerio sacerdotal.
Por otra
parte no faltan comentarios de grandes santos
que animan al propósito
de la dirección espiritual: así Santa
teresa de Jesús se refiere a tantos sacerdotes
como ha puesto Dios cerca de quienes como ella
se consideraba inhábil y sin provecho y
que están ahí para que
nos despierten. Había de ser muy continua
nuestra oración por estos que nos dan
luz. ¿Qué seríamos sin ellos
entre tan grandes tempestades como ahora tiene
la Iglesia?. Plegue al Señor los tenga
de su mano y los ayude para que nos ayuden (del Libro
de su Vida, n. 13).
O San Francisco
de Sales, por eso de que le celebramos hace
dos días:
al tratar de la dirección espiritual decía tratad
con él (director espiritual) con
toda sinceridad y fidelidad, manifestándole
claramente vuestros bienes y vuestros males,
sin fingimiento ni disimulo (Introducción
a la vida devota, I). O nuestro querido
patrono San Juan de Ávila que afirmaba: conviene
que para lo que toca al recogimiento de vuestra
conciencia toméis por guía y padre
alguna persona letrada y experimentada y ejercitada
en las cosas de Dios (Reglas muy
provechosas, n. 9).
Además, si tenemos presente
que estamos en la hora de la nueva evangelización,
podría añadirse que ésta
pide una urgente renovación de los agentes
de pastoral, en particular de los sacerdotes,
de quienes se espera una especial identidad con
el sacerdocio recibido, el cual se realiza cuando
tratamos de vivir nuestro sacerdocio según
todas sus dimensiones o perspectivas.
Pienso que no se puede cuestionar la conveniencia
de una dirección espiritual o acompañamiento
frecuente para ser auténticos evangelizadores
en una sociedad tan secularizada, laicista y
beligerante con los valores del Evangelio. Si
siempre se habló del peligro del que va
solo, ese peligro parece mayor en los tiempos
que corren.
Cuáles son esas
dimensiones (Evangelium Nuntiandi)
No pretendo
hacer un análisis
exhaustivo de estas dimensiones. Quiero únicamente
dar unas pinceladas que nos muevan a valorar
la conveniencia, incluso, necesidad, de la dirección
espiritual.
- Consagración o
dimensión sagrada: el sacerdote
en su ser, en su obrar, y en su vivencia pertenece
totalmente a Cristo y participa en su unción
y misión. En este sentido recuerdo unas
palabras de San Josemaría: él
se preguntaba por la identidad sacerdotal y
se autorespondía: miro al
sacerdote y veo en él a Cristo.
- Misión y dimensión
apostólica: el sacerdote ejerce
una misión recibida de Cristo para servir
incondicionalmente a los hermanos.
- Comunión o dimensión
eclesial: el sacerdote ha sido enviado
a servir a la comunidad eclesial construyéndola
según el amor. Ha de vivir la comunión
vertical con Dios y horizontal con todos los
bautizados. Comunión que le conducirá a
vivir y promover la unidad en la Iglesia, y
a respetar, amar y valorar cualquier don o
carisma que, por estar promovido por el Espíritu,
la Jerarquía reconoce.
- Espiritualidad
o dimensión
ascético-mística: el sacerdote
está llamado a vivir en sintonía
con Jesucristo y ser signo personal suyo como
Buen Pastor.
Parece
evidente que estos rasgos que nos definen y
dibujan el perfil del sacerdote requieren una
atención que entra en el ámbito
de la dirección espiritual. Ésta
nos ayudará a ser en todo sacerdotes,
siempre sacerdotes, sacerdotes a tiempo pleno
o lo que es lo mismo con una connotación
matemática: sacerdotes cien
por cien. Si reflexionamos despacio,
concluiremos que estos rasgos expresan la identidad
del sacerdote y que, para vivir en total coherencia
con sus exigencias, se necesita ayuda: una
ayuda recomendada por la Iglesia para vivir con
madurez la vocación sacerdotal es la dirección
espiritual.
Personalidad: libertad
y responsabilidad
Esa madurez
se reafirmará con
la decisión por parte de cada uno de nosotros
de obrar con libertad y responsabilidad personal
en nuestra vida sacerdotal. En esa línea,
la dirección espiritual ha de ser siempre
una decisión libre y responsable. Por
ello no es nunca una atadura que obliga o condiciona
a las almas y las lleva a permanecer en un continuo
infantilismo espiritual. Contribuye a formarse
un criterio y una personalidad propia conforme
a los planes de la gracia, es decir, al querer
de Dios para cada uno. De ninguna manera el director
espiritual puede suplantar la personalidad de
quien acude a recibirla. Así lo veo yo,
así la hago y así la recibo. No
se trata de rendir cuentas acerca de
mi alma sino de buscar una guía necesaria
para mi bien espiritual.
De ahí que conviene
al director espiritual ser hombre de oración
y acudir con frecuencia al trato con el Espíritu
Santo y pedirle las luces convenientes para saber
conducir a las almas según Dios y no según él.
Quien dirige –en último término-
es el Espíritu Santo. El ‘director
espiritual’ es un instrumento en sus manos.
Debe estar atento a los impulsos de la acción
del Espíritu en el alma del que la hace
para conducirle o reafirmarle en el camino correcto.
Hay una anécdota simpática de un
chico pequeño que está aprendiendo
a rezar al Angellus; en la primera oración
al contestar a la invocación: el Ángel
del Señor anunció a María,
contestó: y coincidió con
el Espíritu Santo. Ésta anécdota
sencilla dice mucho de lo que debe haber en el
fondo de una dirección espiritual.
Uno, confiando
en aquel que le guía en la vida espiritual, a quien
libremente ha elegido por motivos sobrenaturales
-evidentemente- pero también por motivos
humanos pues también lo humano ayuda,
busca contrastar su vida (lo que uno hace, lo
que vive, cómo vive…) con el fin
propio de la vocación recibida: en mi
caso con el hecho de ser sacerdote del Opus Dei.
En este sentido me gustaron mucho unas palabras
que leí de Benedicto XVI en que decía: no
obstante una y otra vez, me acomete la ardiente
sensación de defraudar mi destino. La
idea que Dios tiene de mí, de lo que yo
hago, de lo que debería ser. Que
no sea yo, sino aquel que Tu deseas,
leemos en Forja 122. Esta razón
vocacional -entiendo- me mueve a tener dirección
espiritual y aceptar el consejo preciso que me
ayuda a mejorar mi vida.
Mi experiencia
me ha confirmado que cuantos aceptan con humildad
los consejos que reciben en la dirección espiritual,
los que la hacen con sencillez y sinceridad,
te buscan porque saben lo que hay en juego, salen
adelante en el camino de su vocación.
También tengo la experiencia, tristemente
reciente aunque no sea sacerdote, de que el que
se cierra en sí mismo, con su problema,
le busca una solución a su modo y no escucha
-aunque acude no sabes bien a qué- se
descamina.
Experiencia de dirección
espiritual
Antes me
refería a todo
lo que parece motivo suficiente para tener dirección
espiritual como sacerdotes; puedo aportar también
la experiencia de la frecuente dirección
espiritual de gente distinta que la busca como
necesidad para su vida. Vivir con una conciencia
tranquila que es lo mejor en la vida.
Lógicamente, el director
espiritual tratará de ayudar, trasmitiendo
su propia experiencia espiritual pero con el
máximo respeto a cada alma. El fundador
del Opus Dei decía -por ejemplo- que el
modo de vivir esta vocación es como si
uno se hiciera un traje a la medida. Dentro del
modo amplísimo de vivir este espíritu
cada uno lo adapta –a través de
la dirección espiritual- a sus circunstancias
personales. Esta es la experiencia que yo
trasmito. Habitualmente tengo muy presente
unas palabras suyas que me ayudan en el acompañamiento
espiritual que presto a gente más bien
joven: el fin inmediato de la labor
apostólica con gente joven es la formación
integral de todos los que toman parte en esa
labor. Han de darse cuenta que participan en
algo muy importante, porque vienen a disponerse
para ser después buenos padres de familia
o –si Dios quiere- almas totalmente dedicadas
al servicio de Dios. Por eso se les debe exigir
empeño, seriedad: un principio de compromiso,
sentido de responsabilidad.
Es muy
importante mantener –lo
digo también para los momentos en que
tu mismo la recibes- un delicado respeto por
cada alma. En ningún momento podemos dar
la impresión de propiedad. Nadie
se puede considerar propietario de un alma;
por eso me resulta curioso cuando alguna vez
oí hablar de mi dirigido/a, o
tiene dirección espiritual conmigo … expresiones
frecuentes en algún momento o época
en el mundo clerical. A este propósito
te puedo citar otro comentario de San Josemaría: la
tarea de la dirección espiritual hay que
orientarla no dedicándose a fabricar criaturas
que carecen de juicio propio, y que se limitan
a ejecutar materialmente lo que otro les dice;
por el contrario, la dirección espiritual
debe tender a formar personas de criterio. Y
el criterio supone madurez, firmeza de convicciones,
conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza
de espíritu, educación de la voluntad.
Estas palabras, me parece, se pueden aplicar
a la dirección espiritual.
Aunque
uno tenga sensación
de que tiene claro el fin de su vida y, objetivamente,
viva bien su vocación; como en todas las
cosas buenas siempre se puede ir a más: la
santidad consiste en ir a más.
La virtud no tiene límites, siempre se
puede crecer en ella. La idea que
Dios tiene de mí, de lo que debería
ser, es un buen argumento para creer en
la dirección espiritual. Todos tenemos
el peligro -somos buenas personas- de plantearnos ¿no
bastaría el recuerdo del primer fervor
(el momento de la decisión, de la ordenación)
como motor inextinguible para seguir adelante?
A punto
de terminar, y a modo de resumen, quiero recordar
que los grandes maestros de espiritualidad,
en plena sintonía con
el sentir de la Iglesia, coinciden en su necesidad
tanto para los que están en el comienzo
de su vida espiritual como para los que se encuentran
muy adelantados. Todos estamos expuestos al peligro
de la presunción como del desánimo,
del desaliento … y tantas otras cosas;
el acompañamiento espiritual es entonces
la guía que ayuda a poner cada cosa en
su sitio y contribuye a levantar el ánimo
en no pocas ocasiones, y seguir por los caminos
de la perseverancia y fidelidad.
Permitidme
que concluya leyendo el párrafo del Directorio al que me referí antes: tal
vida espiritual debe encarnarse en la existencia
de cada presbítero a través de
la liturgia, la oración personal, el tenor
de vida y la práctica de las virtudes
cristianas; todo esto contribuye a la fecundidad
de la acción ministerial. La
misma configuración con Cristo exige respirar
un clima de amistad y de encuentro personal con
el Señor Jesús y de servicio a
la Iglesia, su Cuerpo, que el presbítero
amará, dándose a ella mediante
el servicio ministerial a cada uno de los fieles.
Por lo tanto, es necesario que el sacerdote organice
su vida de oración de modo que incluya:
la celebración diaria de la Eucaristía
con una adecuada preparación y acción
de gracias; la confesión frecuente y la
dirección espiritual ya practicada en
el seminario; la celebración íntegra
y fervorosa de la liturgia de las horas, obligación
cotidiana; el examen de conciencia; la oración
mental propiamente dicha; la lectio divina.
Los ratos prolongados de silencio y diálogo,
sobre todo, en ejercicios y retiros espirituales
periódicos; las preciosas expresiones
de la devoción mariana como el Rosario;
el Via Crucis y otros ejercicios piadosos; la
provechosa lectura hagiográfica. Cada
año, como un signo del deseo duradero
de fidelidad, los presbíteros renuevan
en la Santa Misa del Jueves Santo, delante del
Obispo y junto con él, las promesas hechas
en la ordenación. El cuidado de la vida
espiritual se debe sentir como una exigencia
gozosa por parte del mismo sacerdote, pero también
como un derecho de los fieles que buscan en él –consciente
o inconscientemente- al hombre de Dios, al consejero,
al mediador de paz, al amigo fiel y prudente
y al guía seguro en quien se puede confiar
en los momentos más difíciles de
la vida para hallar consuelo y firmeza. Considero
que todo lo que ahí se indica es fundamental
para vivir nuestro sacerdocio con alegría
y eficacia pastoral; es más, podríamos
encontrar en este texto un guión –por
decirlo así- de una conversación
propia de la dirección espiritual aunque
realmente no es necesario –ni lo más
mínimo- cuadricularla.
Termino
con la última
de las preces del oficio de pastores que rezamos
en la fiesta de San Ildefonso: Señor
Jesucristo, que has adoctrinado a la Iglesia
con la prudencia y el amor de los santos haz
que, guiados por nuestros pastores, progresemos
en la santidad.
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