| Autor:
San Josemaría Escrivá de Balaguer |
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Artículo relacionado: San
Josemaría Escrivá, sacerdote diocesano.
Ofrecemos una selección de textos de
San Josemaría Escriva sobre el sacerdote y la dignidad sacerdotal.
De la homilía "Sacerdote para la eternidad"
Dignidad del sacerdote
Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad
del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de
la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote?
La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter
Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el
mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de
forma sacramental.
Para realizar una obra tan grande –la de la
Redención–, Cristo está siempre presente en
la Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está
presente en el Sacrificio de la Misa, tanto en la persona del Ministro
–"ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes
el mismo que se ofreció a sí mismo en la Cruz"–
como sobre todo bajo las especies eucarísticas (Concilio
Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium 7; Cfr. Concilio
de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de
la Misa cap. 2).
Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita
efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos,
todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras
de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino
en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.
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San Josemaría Escrivá.
Imagen que se venera en el oratorio
del Ateneo de Teología (Madrid) |
En esto se fundamenta la incomparable dignidad del
sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía.
Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los
sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de
reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las
grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de
la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos.
Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si
nos hacemos hostias de nosotros mismos (San Gregorio Magno, Dialog.
4, 59).
Esta es la identidad del sacerdote: instrumento
inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado.
Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de
la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio
una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra
Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más
que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús;
los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra
alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para
vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.
Misión del sacerdote
No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por
confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando
su específica misión en la Iglesia, aquella para la
que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en
el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote,
quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún
de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia,
la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–,
la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.
Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque
claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote
rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté
dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante
de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Decreto
Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción
en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario,
que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con
la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la
Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque
conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva
y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.
En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda
a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente
en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo
y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión
sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración
de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del
sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras
tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción
en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas
a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal
amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del
Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.
De la homilía "La lucha interior"
Nuestro Padre Dios nos ha dado, con el Orden sacerdotal,
la posibilidad de que algunos fieles, en virtud de una nueva e inefable
infusión del Espíritu Santo, reciban un carácter
indeleble en el alma, que los configura con Cristo Sacerdote, para
actuar en nombre de Jesucristo, Cabeza de su Cuerpo Místico
(Cfr. Concilium Tridentinum, sess. XXIII, c. 14. Concilium Vaticanum
II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2.). Con este sacerdocio ministerial,
que difiere del sacerdocio común de todos los fieles esencialmente
y no con diferencia de grado (Cfr. Concilium Vaticanum II, Const.
Lumen Gentium, n. 10.), los ministros sagrados pueden consagrar
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el Santo Sacrificio,
perdonar los pecados en la confesión sacramental, y ejercitar
el ministerio de adoctrinar a las gentes, in iis quae sunt ad Deum
(Heb V, 1.), en todo y sólo lo que se refiere a Dios.
Por eso el sacerdote debe ser exclusivamente un
hombre de Dios, rechazando el pensamiento de querer brillar en los
campos en los que los demás cristianos no necesitan de él.
El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo,
ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender
a las almas de sus hermanos. Sería triste que el sacerdote,
basándose en una ciencia humana –que, si se dedica
a su tarea sacerdotal, cultivará sólo a nivel de aficionado
y aprendiz–, se creyera facultado sin más para pontificar
en teología dogmática o moral. Lo único que
haría es demostrar su doble ignorancia –en la ciencia
humana y en la ciencia teológica–, aunque un aire superficial
de sabio consiguiese engañar a algunos lectores u oyentes
indefensos.
Homilía “La lucha interior”,
pronunciada el 4 de abril de 1971, domingo de Ramos (publicada en
en “Es Cristo que pasa”).
De Conversaciones con Monseñor Escrivá
de Balaguer
N. 5
Acentuaría un rasgo de la existencia sacerdotal que no pertenece
precisamente a la categoría de los elementos mudables y perecederos.
Me refiero a la perfecta unión que debe darse —y el
Decreto Presbyterorum Ordinis lo recuerda repetidas veces—
entre consagración y misión del sacerdote: o lo que
es lo mismo, entre vida personal de piedad y ejercicio del sacerdocio
ministerial, entre las relaciones filiales del sacerdote con Dios
y sus relaciones pastorales y fraternas con los hombres. No creo
en la eficacia ministerial del sacerdote que no sea hombre de oración.
De Camino
Número 66
El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo.
De Forja
Número 882
Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando
también que todos los bautizados participamos del sacerdocio
real— es estar de continuo en la Cruz.
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